Capitulos

 

Enrique Sancho Bisquerra 

Esperanza en Tánger

Ver vídeos y fotos en www.esperanzaentanger.es/fotos

 

Alberto Gómez Font, Periodista, lingüista y corregidor de la novela

Arte final: Ana Sancho Vives

Fotos y videos: Enrique Sancho y Manuel R. Chappory

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© Enrique Sancho Bisquerra 2019

Edición e impresión por BoD – Books on Demand

info@bod.com.es – www. bod.com.es

Impreso en Alemania – Printed in Germany

ISBN: 978-8-4132-6036-5

 

Prefacio

[Enrique]

En las siguientes líneas explico el motivo del título de la novela «Esperanza en Tánger».

Esperanza Chappory falleció a los 14 años en Tánger; pero todavía está entre nosotros, y habla con su sobrino nieto Enrique. Estoy escribiendo no solo memorias de tangerinos sino también sus opiniones de lo que Esperanza ha visto y sigue viendo en estos más de 100 años de su estancia entre nosotros. La novela se compone de cortos capítulos en donde Esperanza le narra cosas a Enrique y este (autor de la novela) cuenta vivencias de su niñez y su juventud en Tánger (sigo siendo niño a mis casi 70 años). 
Para distinguir quien habla pongo entre corchetes su nombre […]. Esperanza siempre habla en primer lugar y cuenta el principio de cada capítulo, y yo (Enrique) me encargo del final, de forma que a veces hay pequeñas discusiones y contrastes de pareceres.
La familia Chappory era Tangerina (así, con mayúscula) de origen inglés, de gran fortuna y luego venidos a menos, por no decir «a nada». La gran mansión Villa Eugenia, con sus más de 30.000 metros de jardín se ha convertido en tres horripilantes edificios, aunque mantienen la maravillosa vista al estrecho de Gibraltar.

 

[Esperanza]
Enrique gracias por esa introducción, que me hace recordar mis más de 100 años por estos mundos, donde he visto casi todo lo bueno y lo malo del ser humano; el poder comunicarme contigo me hace no solo recordar sino también sentir que estoy aquí, que veo a toda la familia, amigos y amigos de los amigos, una lista interminable, pero sé que no puedo ver el futuro, ni siquiera imaginarlo, pues alguien o algo me lo impide.

Ayer te vi en la casa del hijo de mi hermana Eugenia; ya está viejecito, por lo demás algo normal a sus 92 años cumplidos, y te contó los viajes que hicieron por la Europa de los años treinta, siempre en maravillosos barcos de lujo, por lo que te pido que pongas fotos de alguno de esos barcos y que rebusques en el diario de viaje que mi cuñado Emiliano R. Marchena iba escribiendo, ya que sé que tienes copia de esos cuadernillos.
Me dices que pronto terminarás la novela y que se publicará como un libro tradicional, de papel, y debido a que todos los lectores tienen un teléfono móvil podrán ver los vídeos, fotos y sonidos que el papel no puede dar. No entiendo bien cómo va a funcionar eso que me dices de que a través de un «link» (Qr) se podrán ver todas las imágenes, vídeo y sonido, espero rabiosamente el libro y esa unión con las nuevas tecnologías.

 

 

CAPÍTULO 1

[Esperanza]

Mi nombre es Esperanza Chappory y soy la nieta de Aníbal Rinaldi, fallecido en 1923 a los 94 años; fue el traductor de O'donnell en la guerra de África y trajo por primera vez a Tánger al pintor Mariano Bertuchi, el cual se enamoró de Marruecos y pintó esa luz inigualable de Tánger y Tetuán.

Relato mis encuentros, vivencias y sueños con muchos de los personajes que vivieron e hicieron de Tánger una ciudad de libertad en un mundo de guerras.

[Enrique]

Como escribo en el prólogo, recibo cada semana ya sea por correo o por viva voz, los relatos de mi tía abuela Esperanza, lo escribo en forma de diario y con mucha ficción, pero todos los personajes son reales, me dice no una sino varias veces que su gran amor platónico fue Mariano Bertuchi, no lo pongo en duda, pero no me parece que sea cierto. Cada capítulo es independiente sin hilo conductor y muy corto de forma que la lectura sea cómoda y que no canse.

CAPÍTULO 2

[Esperanza]

No puedo ni siquiera pensar en continuar estas cartas sin describir dónde nací, dónde viví mis primeros y únicos años, y en donde me reencuentro cada día, cada semana, con mi amor; con ese amor al que nunca jamás pude tocar, pero al que ahora sí acaricio, y lo toco, y sobre todo lo siento;

Naturalmente hablo de Villa Eugenia.

Los detalles de metros cuadrados y metros edificados son parte de la información para su puesta en venta, algo imposible por lo que más adelante explico.

La entrada es por el sur, es decir por la calle de Marco Polo, aunque actualmente se cambió la entrada por Mohamed V, en la esquina del hotel Rembrandt. Entrar por la puerta de servicio se convirtió en el acceso principal, la cocina y algo así como el vestíbulo; a la izquierda la escalera, al frente el despacho y a la derecha algo impresionante: el comedor-sala de estar, con una radio Phillips que siempre tenía alguna emisora sintonizada.

Quiero leer, de una forma quizás poética, como Enrique describe el jardín, y sobre todo la pérgola, imborrables y permanentes en mi memoria.

[Enrique]

La Pérgola

¿Oyes el olor de las rosas y de los geranios? ¿Escuchas el silencio de las hojas? Si tu respuesta es no, es porque nunca estuviste en la pérgola de Villa Eugenia, cuatro escalones que solo pudimos saltar cuando ya creíamos que éramos muy mayores, un banco de hierro que estaba hecho de hierro, es decir, para ser visto y no para ser sentado, paso obligado para ir al columpio, paso obligado para ir a los eucaliptos y, sobre todo, paso obligado para jugar al escondite. Rosas que no te delataban, hojas que escondían el ruido de tu corazón, entonces el ruido de tu corazón te delataba, hoy es el silencio de tu corazón es el que nos delata. ¿Empiezas a oír el olor de las rosas y los geranios?

[Esperanza]

En los próximos capítulos describiré con detalle la villa y sus jardines. Ahora quiero hacer un pequeño resumen de las personas que he conocido en estos más de cien años, seguro que se me olvidan —quizás intencionadamente— algunos nombres; pero son muchos, muchísimos, los que poco a poco irán apareciendo en mi vida y en las vidas de una Tánger viva y que no quiere ni morir ni cambiar. Me acuerdo del Dr. Sirvent y del Dr. López Arriba, de sus hijos, de sus vecinos, de las familias Inza, Cerdeira, Alcaine, Petri, Garibaldi, Marta Ruspoli, Anselmo Ravella, Ribbi. Beneditti, Messina, Toledano Laredo, Elisa Chimenti,  … y tantos y tantas personas que necesito un libro —este libro— para ir contando mis vivencias.

CAPÍTULO 3

[Esperanza]

Año 1957, voy caminando muy despacio hacia el mar, bajo por la Cuesta de la Playa, y cuando digo cuesta no solo me refiero al nombre de la calle; las cuestas en Tánger son montañas que hay que escalar, montañas llenas de interminables escaleras. Por fin llego a la avenida de España, pero no me decido a qué balneario ir, así que los voy recorriendo uno a uno (Miramar, Neptuno, Coco beach, Tres carabelas, Coup de reoulis, Recreativo, Yach club). Entro en el de Los Hoteles asociados, uno de cuyos fundadores fue el hotel Cecil, que pertenecía a mi familia; bueno no me alargo más y cuento lo que vi en la playa y a quien vi.

Abdellah me ofrece una cabina y, naturalmente, un sombrilla que ,literalmente, clava muy cerca de la orilla, el griterío de los niños es ensordecedor pero muy agradable, algunos  metros mar adentro veo la balsa repleta de intrépidos bañistas que se tiran de cabeza desde los dos trampolines; hoy no hace viento de levante y gracias a eso la finísima arena no te molesta en las piernas; los días de levante los granos de arena te hacen un daño parecido al de miles de agujas pinchando tu piel; no descubro nada al decir que la arena, además de finísima, es de un blanco que deslumbra. 

Muy cerca de mi sombrilla está Barbarita, la ahijada de Barbara Hutton a la que conocí cuando vino con su, creo, tercer marido, Cary Grant, que por cierto no me pareció tan atractivo como aparecía en las películas, y lo más raro es que no flirteó conmigo, algo habitual en los maridos de raros matrimonios. Bueno, pensad lo que queráis, pero ni siquiera me dio un pellizco al darme un beso al despedirnos.

Me acerco a la terraza, está llena de mamás, y oigo que una niña de no más de cinco años le dice a una señora que está con otro niño: 

—¿Usted es la mamá de Quique? 

—Sí, bonita. —Le responde.

—Pues dígale que no vaya con otras niñas, porque yo soy su novia. 

Quique, cuando era ya mayor, me contó bastante de su vida, y ahora quiero reescribir un par de esos recuerdos; luego, más adelante, contaré sus innumerables negocios y los proyectos que llevó a cabo en su vida. Me dice que el resumen de su vida es "Dos divorcios, dos hijos, dos nietos, un Mercedes y un Rolex." 

[Enrique]

Recuerdo de forma imborrable, cada día, el olor y la textura del flotador de publicidad de crema Nivea, mi salvación a la hora de pasar desde la orilla a los no más de treinta centímetros de agua; me acuerdo de olas que venían a tragarme y llevarme hasta la balsa, lejana balsa a donde teníamos prohibido ir, a la que solo los mayores, los muy mayores llegaban nadando. Allí había dos trampolines y montones de muchachas y muchachos. Si mi memoria no me falla, solo fui tres veces a la balsa y solo logro acordarme con detalle de dos de ellas: la primera fui nadando a braza, sin mirar lo lejos que la playa estaba, se movía a mi espalda y la veía de reojo a escondidas como desaparecía y volvía a aparecer; volví nadando con los ojos cerrados. La segunda nadé a toda velocidad y solo me detuve casi al llegar al tocar una de las cuerdas que la sujetaban a la arena, metí la cabeza para ver donde estaba el fondo y fue cuando descubrí el infinito; todavía siento el dolor de estómago y la sensación de no ver el final, de ver y descubrir el infinito. La tercera y sucesivas veces fui nadando en sueños, en pesadillas, en donde el despertar me salva del infinito, de mirar abajo, detrás y atrás.

[Esperanza]

Mi día de playa termina, pues debo de volver al año 1923 porque he quedado con Mariano en el Hotel Cecil; ir caminado entre palmeras me hace sentirme fresca aunque el calor aprieta y mucho. Allí esta Mariano en la gran terraza con el caballete preparado para pintarme.

CAPÍTULO 4

[Esperanza]

Año 1904. Estoy en la casa, por no llamarla mansión, de mi buen amigo Perdicaris, no hace un buen día ya que lo acaban de secuestrar delante de mí; no hubo violencia si tenemos en cuenta que quitarte la libertad no implicó fuerza bruta, me explico: las personas, bandidos según las autoridades, le trataron con suma delicadeza, de hecho, a mí me pidieron perdón por llevárselo y dejarme allí, plantada con el almuerzo a medio terminar. 

La policía me preguntó si los conocía, pregunta que no tenía sentido pues naturalmente que conocía a Ahmed al-Raisuli, ya que mi familia le tenía alquilada una vivienda en la llamadas «casas de los pobres», en la cual no vivía, pues la utilizaba para dar cobijo a personas necesitadas. La otra gran pregunta de la policía fue si Mariano tenía conocimiento del «secuestro» y que lo localizase, algo que me resultó sumamente fácil, pues estaba en Gibraltar, donde como todos sabemos no es posible esconderse. Naturalmente Mariano no tenía nada que ver con ese bandido. Cuando Ahmed al-Raisuli recibió el rescate, liberó a Perdicaris, y la historia tuvo un curioso final: se hicieron amigos (yo lo llamo «el síndrome de Tánger», muy anterior al famoso «síndrome de Estocolmo»)

Doy un salto hasta el año 1955. Estoy sentada en el salón de té Madame Porte, con el grave problema de tener que elegir entre pedir uno o dos pasteles, ya que el asunto de la bebida era secundario y además ya estaba decidido de antemano; fui a lo fácil y pedí un éclair, y lo pronuncié tan bien que me sentí un poco francesa. En Tánger ser español, francés, italiano o inglés no te identificaba con tu país de origen ya todos éramos TANGERINOS, así, con letras mayúsculas.

Salir de Porte y dar un paseo por el boulevard Pasteur es entrar en el mundo internacional, las tiendas y sus escaparates son increíbles y están siempre abiertas, según la religión del dueño: los viernes las tiendas de los musulmanes cerradas, los sábados las de los hebreos y los domingos las de los cristianos; por lo que ir de tiendas se basaba en el día de la semana. Entro en Kent a comprar no se qué, pues es obligado entrar a mirar y luego salir con algo rico, tipo regaliz, chocolate, galletas. etc. Hay más bancos que en cualquier ciudad de Europa, me refiero a bancos en donde poder cambiar divisas, hacer una transferencia o simplemente tener a buen resguardo tus ahorros. 

Doy la vuelta y me dirijo a Villa Eugenia, naturalmente nadie me ve y naturalmente yo sí los veo, me refiero a mis sobrinos nietos, que acaban de despertarse de la siesta y se preparan para merendar; hoy han traído pasteles y suizos de La Española, quizás me coma alguno, pues esos pasteles son comparables a los de Madame Porte. 

[Enrique]
Titán, inmensa grúa, más grande que los barcos, e inmóvil; no como ellos, que iban y venían; ella siempre a la espera de mi subida al torreón para dejarse ver. Siempre estuvo muy lejos, de hecho, cuando llegaba en el transbordador desde Algeciras la debían de esconder para que no la viese, quizás para que no viese lo vieja que era, lo oxidada que estaba, ellos siempre tan delicados conmigo, cuidando de que no viera la realidad, no fuese a ser que si la descubría me volviese como ellos: reales y oxidados.

 

 

CAPÍTULO 5

[Esperanza]

Año 1966- Me encanta sentarme a la mesa del comedor y escuchar a mi hermana Eugenia contar las pocas novedades de los días que se repiten, pero que son apasionantes; ya que nada malo ocurre y nada muy malo puede pasar. Los días de verano son apacibles: ir a la playa, ir de paseo en el coche que conduce, no tan bien, pero de forma segura, nuestro chófer Luis (el Gordo). También él es el encargado de ir al zoco y traer lo que está escrito en el papelito que mi hermana le deja cada noche en la mesa de la cocina; los precios son en francos pero se contabiliza en pesetas o en cualquier otra moneda de las que habitualmente puedes cambiar en alguno de los muchos cambistas que hay, sentados en medio de la calle, con sus mesitas y sus pizarras con las cotizaciones de las diferentes divisas, y a los que, curiosamente, nunca les roban o los atracan.

Hoy comenta y escribe en su diario que hay una niña nueva, Pili, en la merienda, que es muy simpática; es hija de Eduardo Haro Tecglen, director del diario España, y hermana del que años más tarde sería el gran poeta y escritor Eduardo Haro Ibars.

«Hoy estuve con mi hermana en Carrión para comprar unas pastillas de chocolate; en Galerías Preciados para ver vestidos y vestiditos, y mis sobrinos se fueron a comprar carnada porque iban de pesca al río Tajardan».

Año 2018. Estoy preparando mi primer viaje a Israel y me planteo a qué año trasladarme: si al tiempo presente, es decir, el año actual, con todos esos avances tecnológicos, o al año 1948, Cuando solamente había desierto y grandes sueños y más de una pesadilla. En los próximos días lo decidiré, y lo más seguro es que vaya en esos dos años, ya veré. Por cierto, no hablo ni cuento nada que tenga que ver con la política, aunque sé que todo absolutamente todo esta impregnado de política y políticos.

[Enrique]​

Nunca, creo que nunca, me levanté de la cama por la noche, y naturalmente nunca bajé las escaleras ni vi de noche cómo eran el comedor, la entrada y mucho menos el jardín. Cuando digo creo es porque estoy casi seguro de que una vez me levanté para ir al cuarto de baño y casi, repito, casi, torcí a la derecha en vez de a la izquierda, a la derecha estaba la escalera, justo enfrente del reloj de pared; no sé si me daba más miedo la oscuridad o el tic tac del reloj; en fin, no fui al cuarto de baño y nunca  dejé de tener miedo a la oscuridad y al tic tac del reloj, subir escaleras me gusta, bajarlas no.

CAPÍTULO 6

[Esperanza]
1982. La preparación de mi primer viaje a Israel no es sencilla, ya que mi primer intento, en el año 48, fue un tremendo fracaso. En aquella ocasión viajé a Gibraltar en el transbordador; todo iba bien, de hecho, me encontré con varios conocidos que también viajaban a Israel, ahora bien, no solo no tenía visado para entrar en el nuevo país sino que además viajaba con pasaporte inglés, en resumen, de forma no muy amable no me dejaron subir al barco que vía Chipre me habría llevado hasta Haifa. 

Hoy es diferente: primero vuelo a Madrid, desde el aeródromo de Tánger. Por la ventanilla del avión veo nítidamente a mi querido Gibraltar mientras recuerdo la leyenda de que mientras haya monos en el peñón, este seguirá siendo colonia británica y sus habitantes tendrán esa nacionalidad; como prefiero no hablar de política, lo dejo como mera leyenda que, por cierto, me gusta. Siempre llevo en mi bolso y en mi corazón la postal que Mariano me escribió desde Gibraltar en el año 1903.

Aterrizar en Madrid me trae muchos y bellos recuerdos, decenas de tangerinos que se instalaron en la capital y que solamente se trajeron de Tánger sus recuerdos, sueños y sobre todo el amor que transmiten a sus hijos y nietos, ese amor que siempre sale a relucir en cualquier conversación en la que se menciona la palabra Tánger. 

Llego al hotel en plena Gran Vía, justo al lado de la tienda de Emergui, llena de las figuras de Lladró (alguien me comentó que es la tienda que más vende estas porcelanas en toda España). Sigo mi paseo y naturalmente meriendo unas tortitas con nata y chocolate en la cafetería Morrison (Morice y Sonia) de otro tangerino (me siento agradablemente rodeada de paisanos, gente de mi ciudad). Tengo mi primer encuentro, aunque él no me ve, con Alberto Gómez Font, lingüista y corregidor —el diría corrector— de esta novela; decir que me llamó la atención su cuidado vestir y sobre todo su perfecto bigote es obvio, pero verlo de cerca sin que él pueda verme a mí me hace sentir no vergüenza, pero sí algo de bienestar que no debería confundirse con placer, aunque aquí miento un poco.

Llego al aeropuerto muy temprano, con mi pasaporte, mi billete, y una postal en la mano. Al policía de la aduana le doy la postal y con una sonrisa me dice que prefiere el pasaporte y el billete. Pasar el control de policía en Tel Aviv fue sencillo aunque al agente le sorprendió que cuando me preguntó a quién iba a ver le contestara enumerándole los más de 20 nombres de conocidos que vería en mi viaje. Un taxi me esperaba en la puerta de salida con un sonriente Quique (a partir de ahora Enrique). La vez anterior que lo vi no tenía más de 5 años, una mañana de playa, en el balneario de los Hoteles Asociados, en Tánger; ahora con su barba, gafas de sol pantalones cortos y sandalias me parecía casi casi israelí. Ir a donde él vivía me parecía no un sueño pero sí algo de otro mundo; ir unos días a un kibutz, visitar Jerusalén, y la Haifa que no visité en el 48, y muchos, muchos otros lugares. 

[Enrique]

Las dos primeras preguntas fueron directas; la primera la contesté sin problema, pero para la segunda todavía no tengo respuesta. ¿Que es un kibutz? ¿Por qué te has venido a vivir a un kibutz? Después fueron preguntas tipo metralleta y tercer grado.

[Esperanza]

Ver Jerusalén con un guía profesional, requisito de Enrique, es viajar al pasado y al futuro sin parada en el presente; me explico: ver los lugares que siempre han sido habitados sin discontinuidad, ver y tocar el muro de las lamentaciones, es el pasado; cuando lo tocas y pones tu papelito entre las piedras con tu deseo estás en el futuro; el presente no existe. En mi próxima carta a Enrique le pediré que no deje en el tintero las respuestas que me debe.

 

 

CAPÍTULO 7

[Esperanza]

Hablar de comer en Tánger no es solo alimentarse, es sobre todo disfrutar de las tradiciones en una bandeja para ser servida en una mesa con la familia sentada alrededor, y según el día de la semana, también con velas.

Todas las recetas son únicas, pero entremezcladas según los diferentes países de procedencia. Estoy a la espera de hablar con Enrique, que me ha dicho que durante la mañana me dará una receta que Simita Levy le va a dictar; naturalmente hablo de la adafina, posiblemente el antecesor del cocido de los miércoles en Madrid, aunque la adafina es comida de los sábados sefardíes, puesta a cocinar el viernes por la noche. Es un plato muy completo; tiene todos los ingredientes precisos para que la digestión sea suave y tengas hambre al poco tiempo: cordero, garbanzos, aceite de oliva, huevos, cebolla, patatas, ajo, pimienta, canela, clavo y una pizca de comino, en fin lo dicho, digestión sin problemas, y el preludio de una buena siesta.

Típico de Marruecos (plato bereber) es el cuscús (o alcuzcuz), quizás el plato más antiguo que sigue vivo en nuestra era. Me llama la atención no solo sus componentes, sino que en algunas familias lo sirven con azúcar a un lado para que quien lo desee la espolvoree sobre la sémola, entiendo que a muchos de los lectores se les haga la boca agua.

Del centro de Europa y Rusia los platos son de kilocalorías (no de calorías a secas), como por ejemplo el gulash de Hungría que es para comer cuando fuera de la casa hace muchos grados bajo cero y la nieve te invita a no salir y a calentarte con un buen plato de ese sabroso guiso de ternera. En Tánger se disfruta en invierno cuando no hay nieve, pero llueve mucho.

[Enrique]

Con el permiso de Alberto Gómez Font (lingüista y corregidor/corrector de esta novela) copio de su libro «Cócteles tangerinos de ayer y de hoy» uno de los cócteles que, en mi opinión, mejor refleja la unión del Atlántico con el Mediterráneo. Su nombre no puede ser otro que el de Cóctel cabo Espartel. Y su composición es la siguiente: 2 partes de whisky, ½ parte de jugo de limón, dátiles deshuesados y hierbabuena En el vaso de la coctelera de plata se introducen tres dátiles, cuatro o cinco hojitas de hierbabuena, el jugo de medio limón, y se machaca todo con la parte plana de la cucharilla mezcladora, añadir 3 copas de whisky, agitar la coctelera llena de hielo, y servir en copas de cócktail congeladas, con un dátil y una hojita de hierbabuena dentro.

CAPÍTULO 8

[Esperanza]
Enero del 2018. Tengo miedo solo al recordar lo que me pasó hace unos pocos días: salí de Villa Eugenia, crucé el bulevar para ir al banco, y al darme la vuelta vi como mi casa empezaba a desaparecer surgiendo en su lugar un inmenso inmueble de más de siete plantas. De la entrada principal empezaron a salir caminando lentamente personas que me eran bien conocidas, y justo cuando pisaban la acera cerraban los ojos, niños, como Pelusa, Cristina y Riqui. Entre los que mantenían los ojos abiertos estaban Curry López Arriba y muchos de los hermanos Inza, pero las personas mayores, sin excepción, cerraban los ojos; me refiero a Carmen Camuñas, Luis Dotto, Juan Hontoria, el abogado Palma, Paco y Amalia Simancas, Irene Russi, Ramón Peyra, el doctor Marchena, el doctor Sirvent, Vicente Jorro y muchas más personas con las que tuve relación en el pasado. Las últimas personas que vi saliendo fueron mi hermana Eugenia y su hijo, Manuel Chappory; a Mariano no lo vi salir, y de hecho hace un rato estuve con él paseando y recibiendo ánimos para que se me pasase el miedo que todavía tenía. 

Año 1952. A continuación, relato un día de febrero, de mi hermana Eugenia; lo copio casi literalmente de su diario, del cual solo han quedado algunos cuadernos y hojas sueltas; una pena, pues durante más de 60 años escribía cada día al menos un par de páginas: 
«Febrero. Martes 19. A las 8 estábamos todavía durmiendo, cuando sonó el teléfono; era mi nuera. Conchita (Bisquerra), que nos participaba que había tenido un niño esta madrugada, G.a D. estaban los dos muy bien y estuvo hablando conmigo y con Manolo un buen rato. Manolo se lo participó a quien iba a ser su madrina —Marigu—. Volvimos a la cama y nos levantamos tarde; yo me levanté a darle la medicina a mi hijo Luis M. Más tarde pusimos dos conferencias: una a Granada y la otra a Madrid. Había un retraso de más de dos horas; al final hablamos con las titas de Granada, pero como no daban la de Madrid y Manolo le había prometido a Boris (Mozarovsky) que lo llevaría a Tetuán para que su mujer —Charito— cogiera el avión, dijo Luis M. que lo acompañaría él. Estuve hablando con Carmen Saadeh y con Carmen Ballesteros. Fuimos mi sobrina Conchita y yo al dentista a pie, y luego visitamos algunas tiendas. Cuando volvimos a casa todavía no habían dado la conferencia con Madrid a pesar de que la habíamos reclamado varias veces». 

Así eran los días de mi hermana, con pequeños sobresaltos, pero una vida muy ordenada, pasase lo que pasase.

 

 

CAPÍTULO 9

[Esperanza]

Año 1961: Mi primer viaje a Venezuela; llego a Maiquetía en un súperavión de los llamados «de propulsión a chorro», 4 motores y cientos de pasajeros muy bien atendidos por el personal de Viasa, línea aérea bandera del país. Mi primer shock fue ver una autopista en donde la velocidad de los coches era tremenda. Me quede solo un día en Caracas, en donde mis paisanos tienen buenos negocios. Me cuentan que un tangerino fundó una fábrica de pañales, que fue tan famosa que se convirtió en el nombre genérico., me refiero a Mami.

Viajar por la costa y llegar a Puerto La Cruz con parada en Barcelona fue algo mas que agradable, pues los descansos en puestos de bebidas y comida te hace el viaje sumamente placentero. Nunca olvidaré las arepitas, el sancocho, y tantos y tantos platos sabrosos. Los jugos de frutas son inigualables, frescos y de fuerte sabor. En Puerto la Cruz conocí a la familia Sol, de origen español y a la familia Bisquerra-Amorós, parientes de los Chappory, que han estado con nosotros en Tánger.

Como no hablo de política, no menciono quién gobernaba; pero lo que si noto es que hay dinero, comida y niños bien alimentados y mucho calor. Mis viajes no son turísticos, aunque no evito esos lugares, disfruto de viajar para ver y conocer, y volver a ver a mi gente, a los amigos y a los amigos de mis amigos; cualquier trabalenguas con la palabra amigo suena bien. Tengo en mente volver en el año 2019 pero ya veré si vuelvo o no.

[Enrique]

Mis siestas. No me creo que una tercera parte de nuestra vida nos la pasemos durmiendo, quizás en la cama, pero no dormidos. Siesta por obligación, olor a las impecables sábanas secadas al sol frente a los eucaliptos, la pared a escasos diez centímetros de mis ojos, muy abiertos, tan abiertos que todavía me duelen. Seguir a una hormiga con la mirada durante una hora y media requiere de una gran destreza visual y manual; manual al tener que hacer de pared con un dedo para que la hormiga no se escape. Si en aquella época hubiesen existido los juegos electrónicos habría sido todo un campeón. Al levantarme de la siesta no podía presumir de mis éxitos, quizás por ello ahora presumo de los que no debería contar. La obligación en Tánger de que los niños, y no tan niños, hicieran la siesta conseguía que el descanso obligado nos mantuviese más activos.

CAPÍTULO 10

[Esperanza]

A principios de 1900, Mariano me pintó, pero como no le gustó como quedó, pintó encima unos claveles, que en su opinión definen no solo el olor y el color de la naturaleza sino también la perfección de la flor y de sus hojas.

Viendo la foto del cuadro se aprecian mi figura y mi sonrisa, sabiendo que me iba a borrar. Esto lo digo sabiendo que la realidad de mi figura y mucho menos la de mi sonrisa no se pueden ver, ya que me borró, pero me gusta verme detrás de una flor.

Mariano, te doy las gracias por mantenerme para siempre y que nunca se me vea con los ojos cerrados. Las figuras en los azulejos de la pared son mensajes de personas que nos invitan a descubrir, y yo, de momento, veo que en unos de ellos el doctor Marchena nos dice claramente que no solo fue el médico de los pobres, salvó la vida de muchas personas, y concretamente de una bebé que solo cuando fue mayor supo de su existencia; también curó de una caída de bicicleta a un sobrino nieto mío que muchos años después se casó, no en Tánger, sino en Israel.

Ver todo esto requiere mucha imaginación y, sobre todo, creer en lo increíble. Me explico: leer una novela en donde las personas que describo y con las que hablo existieron y muchas de ellas aún existen; pero la imaginación nos hacer creer que lo que pasó, sabiendo que es ficción, fue real.

Me gustan los mensajes que Enrique escribe basándose en mis cartas, ya que lee mi pensamiento y entiende lo que me hubiera gustado ver, no solo lo relacionado con la desaparición de Villa Eugenia, no solo la irreparable desaparición de los balnearios, no solo —y más importante— la desaparición de la mayoría de las personas, que se fueron cerrando los ojos.

Todo, absolutamente todo, está reflejado en los claveles y los azulejos de la pared. Como me he puesto triste y melancólica termino el capítulo con esa sonrisa que no se ve, pero que estoy segura de que la perciben todos ustedes y todos vosotros. Solo una frase más: cuando vean un clavel piensen en la ciudad que tanto han amado, en este caso me refiero a todas las ciudades, no solo Tánger.

CAPÍTULO 11

[Esperanza]

Nota importante: Simita Levy le dice a su yerno Enrique que la adafina no lleva comino. 
En Villa Eugenia y en multitud de otras casas y villas, hay y hubo un fantasma que vigila para que nunca entre un ladrón, la prueba está en que en Villa Eugenia nunca jamás robaron, esto me lo contó Hamed, jardinero y hombre para todo de aquella casa. Afirmo que hay todavía un fantasma y la prueba es que en el edificio que se construyó en el solar donde se alzaba el palacete los apartamentos casi no se venden:  cuando el vendedor enseña una vivienda, el potencial cliente nota y siente algo, algo que le dice que lo tiene que compartir y, naturalmente, no lo compra.

Muchos de ustedes no se lo creen, pero es cierto, no porque lo diga yo, sino porque durante mis más de cien años no solo lo he visto, sino que además he hablado con él, y me cuenta las miles de veces que tuvo que aparecer para impedir un robo en Tánger o en Tetuán. 

Año 1913: Estoy a punto de entrar en el Gran Teatro Cervantes, cuando digo entrar me refiero a hacer la gran cola de todos los invitados a la gran inauguración, veo a mi hermana Eugenia que todavía estaba soltera, pero virtual pretendiente de todos los solteros de Tánger, bueno… también de los divorciados y de los que estaban a punto de separarse.

No hago un repaso completo, pero los apellidos que me vienen a la memoria son los de las grandes familias de aquella época: Hachuel, Benarroch, Chocrón, Toledano, Ruiz, Peña Orellana, Cerdeira, Alcaine, Rodríguez Marchena, Sampedro y un largo etcétera. 
Viajo al año 2019 pues parece que en las ruinas del teatro van a construir un centro de cultura. A mi modesto entender deberían de hacer exposiciones de las cuatro culturas, es decir, islámica, cristiana, judía y atea. Y poner el acento en qué fue y qué será Tánger. 
Enrique me cuenta lo siguiente: El mirar por el catalejo te hace ser sordo, los ves, pero no los oyes, los barcos, las gaviotas, las nubes y sobre todo las personas. No me acuerdo de haber visto a través del catalejo ningún avión, tampoco a una sola persona, sino muchas y en movimiento; la edad me ha hecho mirar con el catalejo al revés, de forma que todo aparece no solo muy lejos sino también muy diminuto:  las cosas, las personas y, sobre todo, los recuerdos. 

Año 1956: Como no hablo de política ni de fútbol, solo hago mención al año 1956 como el principio del fin de una gran época.

CAPÍTULO 12

[Esperanza]

Hoy dejo que Enrique cuente alguna de sus vivencias.

[Enrique]

En Tánger vivíamos en una burbuja (años 50 y 60 del siglo pasado); no había Internet y no teníamos ninguna relación con las personas que estaban al otro lado de la burbuja. Íbamos a la playa, algún paseo por el bulevar, pero nada de acercarnos a los lugares a los que hoy nos encanta ir; comprábamos alguna chuchería en Kent y poco más. Bueno, estaban los guateques en donde poníamos en el «pickup» las últimas novedades de música, a ser posible de baile lento para poder bailar «chick to chick». Descubrí a los Beatles, a Silvie Vartan y escuché cantidad de música italiana; me acuerdo que a uno de los guateques vino una niña francesa de la cual no recuerdo su nombre —aunque creo que nunca lo supe—, me acerqué a pedirle que bailara conmigo y me contestó «no merci, je suis très fatigué», por lo que decidí no volver a hablar en francés, aunque lo cierto es que solo lo chapurreaba. Todos nos acordamos de nuestro primer amor, menos yo, que me acuerdo de mis dos primeros amores, naturalmente platónicos pero que hacían que tu estómago vibrase al verlas; sí dos maravillosas niñas, de buena familia, pero con hermanos mayores y grandotes. Una de ellas falleció hace años, y de la otra no digo nada pues todavía la veo de vez en cuando. 

Aquella burbuja tenía algún que otro agujero por el que se colaban personas maravillosas, me acuerdo de Hamed el jardinero al que —siendo yo niño— le escondía las herramientas, y no recuerdo que se enfadase nunca, ya que lo tomaba como el jugar al escondite. Volví a verlo en el 2007, después de mucho tiempo sin verle; lo localicé en la casa que le había regalado la familia Chappory; cuando me vio se echó a llorar y dio gracias a Dios por volver a verme  antes de morir. En fin, la burbuja tenía sus grietas.

Ir al cine era uno de los pasatiempos que más nos gustaba; ver películas que estaban prohibidas o censuradas en España era un aliciente. No me acuerdo de las películas, pero si de la entrada de cada cine su escalera y la gran pantalla; bueno, en aquella época todo me parecía grande: el Mauritania, el Alcázar, el Rif, el Roxy. el Goya… 

Los jueves íbamos al salón de té de Madame Porte, y solo me acuerdo de los pasteles y de la coca cola que nos dejaban tomar.

La sensación de caminar por la playa ha sido irrepetible y cada pisada cada paso en la orilla me hace sentirme de nuevo niño. De los olores no pienso hablar ya que cada día los recuerdo, no solo los del jardín, también el del mar, los de cada rincón de la casa, el de la ropa y sobre todo el de las blanquísimas sábanas

 

 

CAPÍTULO 13

[Esperanza]

En estos más de 100 años que llevo por este mundo he visto de todo, bueno… casi de todo, y hoy quiero hablar de mi tema preferido: de cómo ha sido tratada la mujer y de lo que aún falta para que deje de ser tratada como un ser humano inferior; me explico: no solo el maltrato y la humillación infligidos por los hombres, sino el trato cívico y administrativo que todavía hay que cambiar; me refiero a las leyes y, sobre todo, a la educación que recibimos los niños y las niñas, y como todo ya está dicho y repetido hasta la saciedad, me permito hablar de un ejemplo cercano a mi familia y no lejano a estos años del siglo XXI. Recuerdo cómo mi sobrino nieto Enrique (antes Quique) pudo viajar a Tánger en el año 1956; su padre se había ido a por tabaco y nunca volvió a su casa, de hecho se fue con su amante a Venezuela y dejó a su mujer y a sus cinco hijos. Uno de ellos —Quique— fue recolocado con la familia Chappory, pero para viajar a Tánger debía de tener el permiso paterno ya que el materno no era válido, y la solución era que un juez autorizase a Manuel Chappory para que su sobrino pudiese ir a Tánger con él. Así fue, y a partir de ese momento y por resolución judicial Quique formó parte de la familia Chappory y los veranos los pasaba en Villa Eugenia.

[Enrique]

Me acuerdo de mi primer verano en Villa Eugenia, ya era mayorcito, pues ya tenía cinco años y mi memoria fue desde ese momento embutida por todos los recuerdos de mi niñez, tanto en Villa Eugenia como en el Paseo de la Habana, número 44, de Madrid, donde viví y crecí con los Chappory.  En Villa Eugenia aprendí a leer y escribir, Conchita Rodríguez Marchena (hija del doctor Marchena), tuvo la increíble paciencia de enseñarme, aunque aún hoy adolezco de ciertas inseguridades en la escritura, y por eso acudo a mi buen amigo, corregidor/corrector/auditor de mis escritos, Alberto Gómez Font (periodista, escritor y lingüista).

En próximos capítulos describiré mi vida mezclada con la de mis dos familias y con la de algún que otro amigo y de algún que otro socio.

Adjunto foto de los jefes de la mafia del té.

Más que mafia eran importadores de té y otras infusiones, pero los llamo «mafia» por el lazo que tenían entre ellos, que no dejaba que nadie rompiese su monopolio.

El más joven (con gafas) es mi suegro, Elías Levy, el contable, y una de las personas más buenas que he conocido; rectifico: la persona más buena que he conocido, y me place que mis hijos lleven su apellido en el pasaporte.

 

 

CAPÍTULO 14

[Esperanza]

Hoy quiero hablar de dos asuntos; el primero es contarles cosas de mi abuelo materno —Aníbal Rinaldi Fabrique—, que fue el pionero en construir en Tánger multitud de inmuebles

Mi abuelo Aníbal fue el traductor oficial del general Leopoldo O’Donnell en tiempos de la Guerra de África; bueno, en alguna de las muchas guerras que España libró por estas tierras de Marruecos. Aníbal dominaba el árabe, el hebreo y al menos otros diez idiomas más. Murió en villa Eugenia cumplidos los 93 años, en el año 1923.

Adjunto un documento muy interesante del pasaporte de la hija de su mujer, a la cual adoptó y le dio su apellido; me refiero a Irma Rinaldi Guasmani, nacida en Jerusalén y española de origen. En el documento se puede leer que en su pasaporte se pedía a las potencias aliadas, y a su vez a sus otros países aliados o neutrales, que no le pusieran ningún impedimento en su viaje, y que le facilitasen los auxilios necesarios. Año 1917, el cónsul de España (canciller) José Fernández Alarcón. 

Con referencia a su amistad con Mariano Bertuchi, cuenta que en una visita que hizo a Granada le preguntó que quería de regalo y el niño Mariano le pidió un traje de árabe; mi abuelo lo llevó a Tánger y de allí nació el amor de Mariano con Marruecos en especial con Tánger y Tetuán, En Villa Eugenia hubo muchísimos cuadros pintados por Mariano; me cuenta Enrique que el tiene varios y que todavía hay uno en casa de Luis María Chappory,  que representa una gran batalla.

[Enrique]

Hablar de mis negocios y de los treintaitrés proyectos que llevé adelante en mis últimos cincuenta años es hablar de algún que otro éxito y de multitud de fracasos; se dice que se aprende de los fracasos, mas en mi opinión y por mi experiencia se aprende de los éxitos ya sea en los negocios o en la vida. Mi principal fracaso fue debido a mi inocencia, que aún mantenía con 47 años ya cumplidos; por ese motivo adjunto foto de cuando era tan inocente como más adelante he seguido siendo y creo que sigo siéndolo: inocencia pura y dura que no se pierde por culpa de la edad. 

En unas líneas cuento mi experiencia en la formación de una sociedad con la mayor empresa hotelera de España, me refiero a Hoteles Meliá, que hace veinte años se llamaba Sol Meliá. Fundamos la filial Sol Meliá Israel con el objetivo de gestionar hoteles en aquel país, y me ahorro los detalles… Inauguramos el primer hotel en Jerusalén (Meliá Chen) y teníamos en cartera marcha varios más, hasta que un día, hace ahora veinte años, al llegar a mi despacho escuché un mensaje  en el contestador automático; era el director internacional de Meliá (Juan Caldentey) y me decía que estaba viendo en la televisión la noticia del atentado terrorista que hubo ese día en Tel Aviv: Me imaginé según lo escuchaba, que nos iba a preguntar si todos estábamos bien, mi sorpresa fue que en lugar de eso dijo que esa situación era mala para el Hotel Meliá Chen y en general para todo el negocio. Pocas semanas después se fueron de Israel, repatriaron a su personal y ganaron el juicio que les interpuse en Palma de Mallorca; de hecho, mi demanda no fue ni siquiera admitida a trámite. La inocencia tiene el problema de que cuando tienes enfrente a alguien que no la tiene o que nunca la tuvo, tienes todas las de perder, (me gusta la palabra tienes y la repito por ese motivo).

GRABACIÓN EN EL CONTESTADOR AUTOMÁTICO EN MI OFICINA DE TEL AVIV DE JUAN CALDENTEY DIRECTOR INTERNACIONAL MELIÁ HOTELES HACE 20 AÑOS.

 

 

CAPÍTULO 15

[Esperanza]

A mis 14 años, poco antes de morir físicamente, no tenía recuerdos que pudiese cambiar, ahora, en mis más de 100 años, compruebo lo fácil que es recordar de la manera que queramos, percibo cómo nuestros recuerdos se amoldan a nuestros requerimientos, ya sea por nuestra voluntad o por sobrevivir a los malos momentos que vivimos en el pasado. El poder recordar basándonos en  sonidos u olores hace que podamos volar al pasado, y hoy, con la ayuda de la tecnología, voy a recordar lo no muy bien que mi hermana Eugenia tocaba el piano, eso sí, ponía voluntad, sobre todo cuando su edad ya era más que avanzada y sus manos no tenían la flexibilidad requerida.
Sé que técnicamente no me estoy expresando bien, pero «ustedes vosotros» me entienden lo que digo, y cuando oigan esta pieza de música me darán la razón en mi afirmación de que los recuerdos muchas veces nos llegan distorsionados y otras veces los distorsionamos nosotros mismos. En este caso la calidad no es la deseada, pero nos hacemos una idea de cómo mi recuerdo del sonido del piano nos ayuda a que nuestra memoria sonría. 

La grabación es de hace unos cincuenta años, y la foto es casi de ese mismo día. Le pido a Enrique que colabore conmigo adjuntando un documento de su abuelo materno en el que se menciona a Tánger. 

[Enrique]

Mi abuelo José Bisquerra (padre de mi madre), en el año 1936 era comandante del ejército del aire, y tomó parte activa en la Guerra Civil española; de hecho fue enviado de Tetuán a Tánger con doscientas mil pesetas y el encargo de comprar toda la gasolina posible para así evitar que pudiese obtenerla el «ejército rojo».. Transcribo el documento de su hoja de servicio, del que adjunto copia del original: 

«El 17 de Julio (1936), con motivo de la iniciación del Glorioso movimiento Nacional y encontrandose a la razón prestando servicios en el aerodromo de Tetuan, tomó parte en la toma de dicho aeródromo por las tropas afectas a la Causa. El 21 de Julio fue comisionado verbal y personalmente por el Delegado de Asuntos Indigenas Teniente Coronel de Estado Mayor Don Juan Bliguder Atienza para marchar a Tanger portando 200.000 pesetas, con la admisión de adquirir todas las cantidades de petroleo existentes en las representaciones de las distintas compañías al objeto de impedir el abastecimiento de combustible a las Escuadra Roja, fin que se ha logrado plenamente, regresando el día 24».

(Saben ustedes que nunca hablo  de política ni de fútbol, pero en esta ocasión no puedo reprimirme y le pido a mi lingüista que escriba lo que considere y poner en evidencia lo analfabeto que era el redactor de la nota).

 

[Alberto Gómez Font] 

En la trascripción he reproducido el documento sin corregir los errores ortográficos y léxicos que contiene el original: las mayúsculas en el nombre del mes de «Julio»; la palabra «razón» en vez de «sazón»; la falta de acentuación gráfica en “encontrandose», en “aerodromo», en «Indigenas», en «Tetuan”, en «Tanger» y en «petroleo»; la tilde superflua en «fue»; las mayúsculas innecesarias en «Causa», «Delegado», «Teniente Coronel», «Don» y «Escuadra Roja»; la palabra «admisión» en lugar de «misión»… Una fantástica colección de errores de los «nacionales».)

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 16

[Esperanza]

Estuve haciendo un repaso de los últimos cien años, viajando por cada uno de ellos, viendo y comprobando lo diferentes que son los comportamientos teniendo en cuenta la edad de las personas y, sobre todo, el lugar en donde viven y se han criado. Me he detenido muy mucho en mi amada Tánger; el motivo es evidente: multitud de nacionalidades, las tres culturas-religiones dominantes en Occidente, su entorno, sus vecinos, y las guerras vividas cerca pero no dentro de la ciudad.

Me paro a pensar cómo en Tánger no había que elegir entre pasarlo bien y ser feliz; la vida transcurría sin la necesidad de esa elección. (Adjunto una película de principios de los años 60 en donde se resume mi concepto de pasarlo bien y ser feliz, su entorno y lo simple que es ser feliz, en este caso los protagonistas son mis sobrinos nietos en la playa del balneario de los Hoteles Asociados).

La vestimenta era importante, para pasear, para los días de fiesta… La moda actual es otra cosa, es pura comercialización, pura venta con la publicidad como base en el vestir.

Analizo esta foto del año 1949 en donde resalto la perfección del traje de Elías Levy y los maravillosos zapatos de Simita Cohen.

Pasear arriba y abajo por el bulevar era parte esencial de la tarde (algo habitual también en la calle principal de muchas ciudades de España), tan sencillo como pasarlo bien siendo feliz.

[Enrique]

Esperanza me pidió, y así lo escribo, que cuente aquí lo que hice en mi vida profesional; no voy a detallar uno a uno los proyectos en donde estuve involucrado como promotor y como participante/socio, solo los voy a enumerar; son más de treinta, y en capítulos posteriores sí detallaré alguno de ellos y su éxito, y quizás también su fracaso. Hay de todo un poco: tecnología de internet, hostelería, muebles, cepillos de dientes. Oficinas en Tel Aviv, Pekín, Nueva York, Miami y Madrid. Durante veinte años hice un promedio de cincuenta vuelos anuales, y a ello hay que añadir el miedo que siempre les tuve a loa aviones y que, naturalmente, sigo teniendo.

Hotel Murachi Venezuela - Kepton Kibbutz Ein Dor - Lotería 123.com - Hal América Inc - Oral Spring - Mercaz Hargasim - Mallorca Time - Hotel El Caribe - Hotel Los Valos (Tenerife) - Pacific Import (Venezuela) - Sigma Number - Nirsol Ltd. - Compañía Española de Seguridad (Sevilla) - Cafetería Almudaina - Sanco S. L. (Muebles Shneider) - Safe www Ibérica - Safe 3W USA-– Novafor - Hendon Holding - Sol Meliá Israel (Truman ltd) - EGI (China) - UNUS ID – ChispaCard – ONCE COM - App Apk. Real Mallorca - CAPS (Canada) - Diamantes Mitrani - Find my car - App Empatía - Aplicaciones para telefonía móvil…

 

 

CAPÍTULO 17

[Esperanza]

No suelo viajar ni visitar hechos que me provocan tristeza, aunque no sean tristes en sí mismos; puedo estar en cualquier año a partir de 1890, que fue cuando nací, pero no a partir del 2019, ya que es mi futuro y me está prohibido por decisión propia.

En este caso no viajo a 1937 sino que veo la película hecha por mi cuñado Emiliano R. Marchena, en Villa Eugenia, en el invierno de dicho año, y no viajo no porque sean momentos tristes (que sí los eran cruzando el estrecho), repito que no viajo porque en ese día y en esos ratos tan apacibles me habló el fantasma que ya les mencioné en otro capítulo. No fue la única vez que lo vi, pero es la única vez que se lo ve en una película (hay varias fotos en donde aparece casi como era), ese halo de microsegundos es él, no vino a protegernos de los ladrones, vino a decirme que la terrible guerra que teníamos en España era el prólogo de una gran guerra en toda Europa y que cancelásemos el viaje que tenía previsto mi hermana a Alemania e Inglaterra. En próximos capítulos Enrique pondrá la película de ese viaje, que según mi hermana no fue muy agradable, en el sentido de que como viajaba con pasaporte inglés tenía miedo, bien fundado, de que en cualquier momento empezase la guerra en Europa.

El original de esta película estaba rodado en color, pero por motivos ajenos a mi corto entender este se ha perdido y solo queda en blanco y negro. Me dice Enrique que la está buscando entre las más de 20 000 fotos y películas (no ordenadas) que tiene en su computadora.

Volviendo al año 1937 y a aquellos momentos en Villa Eugenia, me hace recordar lo no del todo difícil que era la vida en Tánger, la famosa burbuja en la que vivíamos y que nos protegía de la realidad de nuestros vecinos. No nos sentíamos culpables, ya que no lo éramos; pero pasados los años me siento triste de no haberla roto y haberla agujereado.

En la película se ve a la familia Chappory y a los niños Conchita y Rodriguito Marchena; el jardín era la parte más espectacular de la villa: rosales, claveles y más adelante setenta y cinco eucaliptos que rociaban de olor los alrededores.

 

[Enrique]

Pongo esta película del patito feo no con ninguna mala intención ni recordando o señalando a alguien, solo la pongo como recordatorio de lo que veíamos o sentíamos cuando éramos niños, me explico: ya en el capítulo anterior hablaba de cómo podemos manipular o distorsionar los recuerdos; pero siempre hay un apoyo para que nos llegue el verdadero recuerdo; dadme un punto de apoyo y me acordaré sin engaños.

Esta película me hace recordar los muy buenos ratos y tiempos de mi niñez en Tánger, digo por enésima vez que la playa, su arena y su cristalina agua, me hacen sentir ahora mismo lo que sentía hace muchos muchísimos años. No me acuerdo de la primera vez que me até solo los zapatos, pero si me acuerdo de mis primeras sandalias transparentes para poder ir a la playa; también me acuerdo de la ducha que había para quitarnos la arena y la sal; no puedo olvidar mi primer cigarrillo y la tos que todavía oigo… Por cierto, quien nos “enseñó” a fumar fue Blanca de Inza, y no digo a qué edad para que mis hijos no me regañen. ¿Quién no se acuerda de las primeras gafas de sol de una pésima calidad, ya que se veía todo marrón o verde según el cristal? Y aquellos zapatos que nos apretaban, pero que sufríamos sin quejarnos y los mirábamos desde arriba como lo más bonito de nuestra vestimenta, y el primer bikini, que en aquella época se llamaba «dos piezas». Ir a cortarnos el pelo, aunque a nosotros venía a cortárnoslo el peluquero a Villa Eugenia, en donde había un sillón de peluquería y todos los artilugios para que el peluquero no utilizase los suyos. El olor a alcohol para desinfectar todo, inclusive el baño; la mercromina para las pequeñas heridas, y qué decir de los polvos de talco… En fin, tantas y tantas cosas que recordar que no nos deben de poner nostálgicos sino alegres, y ojalá que tengamos muchos puntos de apoyo para seguir recordando y que siempre tengamos a alguien cerca para contárselos.

 

 

CAPÍTULO 18

[Esperanza]

Mi hermana Eugenia Chappory y su marido, Emiliano R. Marchena, decidieron viajar a Alemania, en 1937, con sus hijos Manuel y Luis M. Nada era extraño en ese viaje a no ser por las fechas que eligieron y lo impropio de ir a pasar unos días de fiesta en la antesala de la gran guerra y en medio de un régimen nazi que provocaría millones de muertos.

Eugenia viajaba con el pasaporte inglés y sus hijos con el español, lo comento porque en España estaba habiendo una guerra civil, con «civil» me refiero a que no era entre militares solamente sino también entre la población civil, y como no hablo de política sino de hechos históricos vividos por mí y mi familia, no sigo con el tema, solo describo que en la película con la que Enrique ilustra esa narración se ven unos desfiles que nunca debían de haber tenido lugar.

¿Qué pensaban los tangerinos de esa época? Sabemos cómo se vivía en Tánger, pero no podemos adentrarnos en los cerebros de ellos/nosotros, solo podemos leer los periódicos de esos años y guiarnos por la educación que aquellas gentes transmitieron a sus hijos y a sus nietos, que en ningún caso era de confrontación, y mucho menos de odio.

En la película se ve cuando mi hermana y sus hijos suben al barco en Tánger, me encanta ver cómo se vestía en esos años; los sombreros, indispensables no solo para el verano; las prisas de mi hermana para subir al barco; la forma de subir las escaleras que tuvo hasta muy entrada en años, es decir, corriendo, no fuese a perder el barco, o el segundo piso en Villa Eugenia.

 

[Enrique]

Como hoy es mi cumpleaños, voy a contar lo que para mí eran mis cumpleaños y los de mis primos, con los que me crié hasta los quince años. Los regalos eran importantes, no lo voy a negar, de hecho, me acuerdo de mi rifle wínchester que disparaba ruido, solo ruido pero que parecía que salía la bala para matar a los malos; vete tú a saber quiénes eran los malos para mí. No puedo olvidar mi bambi, no hablaba, pero yo sí le hablaba y le decía lo que tenía que hacer: y el tren eléctrico, que también hacía ruido, pero melodioso y con tempo. Cómo no acordarme de mi disfraz de «cowboy» con su correspondiente sombrero, que si mal no recuerdo me quedaba grande; mis primeras gafas de sol, que eran de cristal morado y me encantaba ver todo y a todos de color morado; creo que tuve sueños morados todo el verano. Calcetines a pares; también la primera corbata, que siendo niño llevaba con orgullo; bueno, también la llevaba para ir al colegio; los zapatos en una tienda en Madrid que se llamaba Marquitos; mis primeros pantalones largos, a los que me quedaba mirando como si de pronto me hubiera hecho mayor. Nunca me regalaron un reloj, y si fue así no me acuerdo, pues algo así no lo olvidaría… En fin, los regalos y las fiestas eran parte de nuestra niñez, y nunca entendí lo de apagar las velas.

Hoy las apagué por videoconferencia con mis nietos (de tres años y un año), ellos en Israel y yo en Mallorca. Fue una rara sensación, pero muy agradable: mis nietos, que viven en Israel, soplaban la vela en la tarta que su abuela Lili Sancho Levy había preparado como sorpresa para mí. Solo había una vela, que representaba la del año que viene, y mi nieta Ofir, de solo un año y medio, la despidió con sus manitas mientras su hermano Itamar soplaba con tanta fuerza que sentí su soplo a pesar de los tres mil kilómetros que nos separaban. Como ellos han nacido con un “Internet” debajo de brazo no notaron el gran beso que les mandé, o quizás sí…

Por cierto, no guardo el wínchester, así que le pediré a Alberto (asesor lingüístico de esta novela) que en su paseo de los domingos en el Rastro de Madrid me encuentre el rifle. Y antes de comprarlo me conectaré por vídeo para comprobar que es el mío. Gracias Alberto Gómez Font (no se tu tercer apellido, pero me imagino que también combinará a la perfección con tu gran bigote).

 

 

CAPÍTULO 19

[Esperanza]

Hoy estoy nostálgica y sobre todo triste, ambos sentimientos los tenemos a la vez cuando la tristeza nos trae los recuerdos que no se pueden cambiar; me explico: nuestra memoria la manejamos a nuestro antojo, de forma que podamos seguir imaginándonos que todo fue bien y que nada pudimos cambiar, pero eso no es cierto, y la tristeza nos trae la realidad. 

El vídeo que Enrique nos muestra hoy es la tristeza, pues en él podemos ver cómo nuestra familia, nuestra forma de vivir y nuestra burbuja explotaron al unísono. Nuestros recuerdos se basan en fotos, quizás películas; pero siempre en nuestros ensueños de cuando estamos dormidos y soñamos. 

Ver un teléfono antiguo en una tienda de antigüedades, un juguete que tuvimos pero no guardamos… hace que la realidad se nos presente de golpe, me explico: cuando nuestro nieto, o mejor, el nieto de Enrique, con sus cuatro añitos, juegue con el Bambi que ya no existe nada más que en su memoria, la mariposa de nuestro estómago nos revuelve el cerebro y hace que en nuestro próximo sueño (estando dormidos) nos despierte a la realidad, sé que al estar triste y melancólica mis palabras pueden resultar crípticas, pero eso es lo que puedo transmitir. 

Me dice Enrique que la semana próxima va a almorzar con mi sobrino Luis M. Chappory, que a sus noventa y tantos años está como a sus cuarenta y tantos, aunque ahora necesita la ayuda de un bastón para caminar y ya no canta opera. Enrique me dice que este lunes no va a escribir, debido no a un problema técnico sino a que necesita un pequeño recreo y un pequeño tiempo (el tiempo es tiempo, ni pequeño ni grande), y se lo permito a cambio de un beso y abrazo a nuestros lectores, que también se lo permiten, porque así se lo pido. 

También me dice mi amado Kike que el miércoles irá a Madrid a la presentación del libro «Hablemos asín» de su buen amigo —y lingüista de esta novela— «Esperanza en Tánger», Alberto Gómez Font.

 

 

CAPÍTULO 20

[Esperanza]
Normalmente no hablo con Enrique, nos comunicamos por escrito, y si estoy en el pasado, por carta; también, desde no hace mucho tiempo, por correo electrónico, ahora bien, en estos últimos días hemos tenido largas conversaciones sobre un único tema, que me apasiona, sobre todo por mi condición de soltera y mi imposibilidad de casarme; sí, sí, me refiero al «Amor» con mayúscula, digo con mayúscula porque ha provocado grandes guerras, alguna que otra paz y muchas veces largos matrimonios, no siempre en años pero sí en intensidad. 

Enrique me comenta y me pregunta si es posible enamorarse de una persona a la que solo conoces por una fotografía, una foto que has visto por primera vez hace pocos años, y solo sabes quién es y cómo se llama desde hace muy pocos días (foto a pie de página). Bueno… quién era, pues resulta que murió hace muchísimos años. Y mi contestación no puede ser otra: «no; pero sí». Me explico (me encanta decir «me explico», ya que significa que no estoy segura). 

En mi juventud el enamorarse en según qué familias era casi pecado, pues conllevaba el tener que engañar al marido que te habían escogido tus padres, al cual debías respetar, querer y darle hijos; a ser posible muchos varones. Y muchos años después fue llegando el cambio, hasta que el enamorarte, hoy, es requisito indispensable para tener pareja, y según en qué familias, matrimonio. Además, hoy en día (gracias a Dios) ni siquiera es indispensable enamorarte, sino solamente pasártelo bien, lo que conlleva ser feliz. 

Volviendo a tu posibilidad de estar enamorado de una persona que solo conoces por foto y sin ninguna posibilidad de conocerla, mi contestación es «sí, pero no», y vuelvo a explicarme: Sí, porque no puedes dominar tu corazón y menos aún si se trata de un amor platónico basado en una fotografía. No, no porque debe haber contacto, ya sea físico o por medio de la voz, ya que el sentido del tacto es casi tan importante como el del oído; en fin, quizás el amor no solo proviene del corazón, sino también de la soledad. 
 

[Enrique]
El vídeo que hoy pongo en este capítulo es del año 2001, en las torres gemelas, en Nueva York, dos semanas antes del atentado del 11 de septiembre. Estoy con mis hijos, mi suegra y mi mujer; veo pocas veces este vídeo por el sentimiento de miedo que no tuve y que ahora me viene cada vez que lo veo o pienso en aquellos días. 

Estuve a punto de abrir mi oficina en Nueva York allí, en las torres gemelas, pero al final la alquilé en Long Island. El haber estado unas semanas antes del atentado y no haber alquilado mi oficina en las torres hace que hoy pueda escribir esta novela; quizás me pase como a mi tía abuela Esperanza y pueda seguir 120 años más, no escribiendo, pero contándoselo a mi sobrino nieto, que todavía no ha nacido, y que él lo escriba o lo ponga en una holografía virtual de tres dimensiones y que se perciba por los cinco sentidos.
Alberto Gómez Font va la semana próxima a mi ciudad a presentar el libro «Los conjurados de Tánger», y me pide que vaya y pase un buen rato con los escritores del libro. He pensado varias veces en ir, pero todavía no estoy preparado para visitar de nuevo Tánger; me refiero a que mi corazón me lo pide, pero mi cabeza me lo impide; ahora bien, cuando termine la novela, la presentaré, cómo no, en Tánger y no de forma virtual sino presencial. 

P. D.: He terminado de leer el libro «Hablemos asín» y lo recomiendo por dos motivos: es muy agradable de leer y sobre todo te mantiene la sonrisa desde el principio hasta el final; bueno también los prólogos (hay siete) son de grata lectura.

CAPÍTULO 21

[Esperanza]
Estoy leyendo el diario de mi hermana Eugenia, concretamente las páginas fechadas en febrero de 1952. ¡Increíble la vida tan tranquila en esos años! Tánger era un reducto de paz, aunque pocos años después Marruecos se independizó y Tánger dejó de ser internacional.

Bueno, sigo con el diario, del cual le digo a Enrique que ponga algunos párrafos en el libro que está escribiendo; ninguno especialmente interesante, pero con personas que, al ver sus nombres escritos en un papel (cuaderno), haga que sea cierto que existieron. 

Me llama la atención lo que cuenta de aquel día que, en el salón de té Madame Porte, estaba con Giovannina Petri y con Marigú (luego, de casada, Lojendio), y se acercó a su mesa Estrella Cerdeira, madre de los Inza, para invitarlas el sábado. Ese día mis sobrinos Manolo y Luis M. fueron al teatro Cervantes… En fin, al verlo escrito me confirma que el Teatro Cervantes existió.

En otros capítulos del diario leo lo que cuenta y me confirma lo muy diferente que era en aquella época «ir de tiendas», empezando por el hecho de que entonces no había centros comerciales ni había que desplazaren coche, aunque sí había grandes almacenes, como las Galerías Lafayette y las Galerías Preciados, y algo muy parecido a un gran almacén: nuestro amado Kent. Además, la ciudad estaba llena de pequeñas tiendas y bacalitos, y no me olvido del Zoco Grande ni del Zoco Chico. Enrique me cuenta que hoy en día, en las grandes ciudades, la gente «va de tiendas» a los centros comerciales, y allí se pasean, o entran en el supermercado, o van al cine… y, de vez en cuando, a comprar. 

En estas fechas aparece en el diario el nombre, varias veces, del amor platónico de Enrique, por medio de una foto (publicada en el capítulo 20). Naturalmente no voy a revelar su nombre, pero es una señal de que no solo había una foto sino que, además, al aparecer en el diario de mi hermana, fue una persona real. 

 

[Enrique]
Querida Esperanza, mi queridísima Esperanza: ni se te ocurra dar su nombre, ya que si lo haces no tendré mas remedio que contar algunas de tus aventuras, que fueron muchas, en tus más de cien años de correrías por este mundo, real o imaginario. Sí, sí es una amenaza; no es un consejo ni una petición. 

A veces me tengo que poner duro (no enfadado) con Esperanza, pues no se da cuenta de lo peligroso que es esto del Internet. En otro orden de cosas: pongo un vídeo de Conchita Bisquerra en la piscina, en Buenos Aires, de la casa de su tío, el embajador Miguel Sainz de Llanos, persona que cuando era cónsul de España en Tánger presentó a Manuel Chappory (el soltero de oro) y a Conchita Bisquerra, quienes después de un corto noviazgo se casaron y tuvieron tres hijos, y además criaron a Kike, al que trataron como su cuarto hijo (estoy hablando de mí). 
Como estamos de mediovacaciones (Semana Santa y «Pesaj»), escribo solo estas líneas y comparto este maravilloso vídeo, aunque un poco borroso, de Conchita, Miguel Sainz de Llanos y de tía Turi, y unas fotos del diario de Eugenia Chappory.

 

 

CAPÍTULO 22

[Esperanza]
Estos días Enrique ha estado muy insistente en que hable sobre el futuro, él y todos sabemos que no puedo ir al futuro, solo a los años que están entre 1903 y 2018, así que lo único que puedo hacer es dar mi opinión de lo que puede pasar, o mejor dicho, de cómo será el futuro. 

Dentro de muchos años no habrá vehículos para el transporte ni aviones ni barcos, ya que podremos estar en varios sitios a la vez, tal y como hago yo en la actualidad. No creo que sea necesaria la muerte como castigo, me explico: nadie morirá como ahora, ya sea por enfermedad o por edad, lo cual es un castigo, de hecho, me atrevo a predecir que nadie morirá. Los recuerdos de más de cien años desaparecerán de nuestro cerebro. En fin, el futuro será impredecible, pero (estoy sonriendo) llegará. 

Ahora estoy en 1959, sentada en el suelo del cuarto del piano, en donde mi hermana Eugenia está poniendo, con el proyector, películas de 8 mm a sus nietos, y aprovechando que  no pueden  verme me río a carcajadas aún más altas que las de mis sobrinos, que creo que se oyen hasta en el faro de Malabata y se reenvían hasta Gibraltar; bueno, exagero un poco, pero quiero contar lo bien que lo pasan los niños con las aventuras que se proyectan en una pared. 
Le pido a Enrique (que en aquel entonces era Quique y que todavía oigo sus risas) que ponga un trocito de una de esas películas aquí, en la novela; aquí, en Facebook; aquí, en la web. Por cierto, si en aquellos años digo una de esas dos últimas palabras me encerrarían en un manicomio (sigo sonriendo). Prometo que algún día pondré una foto mía para que veáis cómo era en el año 1903. 

[Enrique]

Ayer vi por videoconferencia a mi nieto Itamar, él en Israel y yo en Mallorca, a tres mil kilómetros de distancia en línea recta, Yo no quitaba la vista de la pantalla para no perderme ninguno de sus movimientos, ni su media sonrisa cuando me miraba y cómo no entendía lo que su padre (mi hijo Nir) le explicaba sobre las distancias, sobre lo lejos que su abuelo estaba. Itamar pensaba que su abuelo podía estar en dos sitios a la vez, naturalmente que tenía razón, allí estaba yo, abrazándolo y dándole un pellizco en su mejilla (no estoy sonriendo y tengo que buscar un pañuelo para secar el teclado de las dos lágrimas que han caído), una vez secado el teclado del portátil, sonrío de la suerte de tener un nieto que mira de reojo a su abuelo y que ha sentido un pellizco en su carita.

 

 

CAPÍTULO 23

[Esperanza]

Hoy mi relato va a ser corto, estoy muy resfriada, con fiebre y dolor de cabeza, en fin lo normal a mi edad por lo que lo normal en estos casos es hablar del mal tiempo y de eso es lo que voy a hablar, del buen tiempo en mi querido Tánger, el clima que sigue siendo igual, cada año, quizás por su situación geográfica, ya que los vientos del atlántico que se juntan con los del mediterráneo hacen que todo siga igual (espero ser contratada por algún servicio meteorológico de alguna televisión).

Bien comienzo a contar como es el clima en Tánger, por supuesto primero hay que hablar del levante, maravilloso viento que hace que la arena de la playa te haga saltar o al menos vayas dando saltitos hasta entrar en el mar, o tener que cambiar de playa/balneario e ir a la playa de Gandori.

La niebla es única en el estrecho, me explico: solo unos kilómetros separan España de Tánger y la niebla hace que parezcan muchos más, ya que la velocidad de los barcos es lenta muy muy lenta, las sirenas de los transbordadores es una de las maravillas que llegan nuestros oídos, siempre en estéreo y siempre con tempo perfecto como en la música pero como latidos en el mar.

La lluvia que cae en Tánger suele ser débil, que molesta, pero no te impide salir a pasear, bueno algún chaparrón te hace empaparte y refugiarte en alguno de lo muchos cafés que hay por toda la ciudad, aprovechando a beber un buen té moruno. Cuando llueve o mejor dicho cuando a llovido el suelo tiene un resplandor especial, las aceras se convierten en espejos que reflejan los edificios y las tiendas, es algo que siempre te viene a la mente cuando estas en otra ciudad y no ves los edificios de Tánger ni las tiendas, pongo siempre como ejemplo la tienda Kent que desde la acera de enfrente se veía en blanco y negro.

 [Enrique]

Me permito hacer unos comentarios de algunas palabras del libro [Hablemos asín], de Alberto Gómez Font (lingüista y corregidor de esta novela).

Lo he leído tres veces y no se me ocurre ningún comentario que merezca la pena, ya que el escritor lo dice todo de todas la palabras no bien empleadas, me gusta mucho el ver lo bien/mal que hablamos y en este libro lo vemos por escrito, si para comunicarnos necesitamos las palabras y no las utilizamos de forma correcta algo me dice que algo va mal, me explico: si en vez de darle la mano a una persona que acabamos de conocer le damos un puñetazo nos estamos expresando mal, si no sabemos bien como utilizar las palabras las cosas irán a peor, sé que Alberto no está de acuerdo y defiende que las palabras evolucionan y cambian, ( de lunes a viernes hagamos un casual friday) creo que es una equivocación, las palabras deben de ser inamovibles y punto, otra cosa es que haya que inventar nuevas palabras para nuevas profesiones o artilugios que antes no existían.

Resumiendo, leer [Hablemos asín] es un regalazo para nuestro cerebro y sus 182 páginas nos hacen sonreír un buen rato.

Algo que me gusta en su primera página es la dedicatoria que me ha escrito, si señor me hace presumir de esas líneas dedicadas a mi persona.

 

 

CAPÍTULO 24

[Esperanza]

Me dice Enrique que esta novela se publica en libro electrónico (e-book); Dios me coja confesada si entiendo bien… ¿Quiere esto decir que no se va a publicar como se debe de publicar un libro?, es decir en papel y con su correspondiente olor a papel.

Me encanta poder pasar las páginas y que de vez en cuando se me caiga el libro en la cama, ya que suelo leer en la cama con la almohada bien colocada como blando respaldo. Enrique me está mandando un correo electrónico y me dice que también se va a publicar en su forma tradicional, pero solo cuando acabe todos los capítulos, que en e-book va a haber dos ediciones: una primera con sus 24 primeros capítulos y otra cuando estén todos los capítulos y en paralelo con la edición en libro físico. 

Bueno, más tranquila estoy, aunque no entiendo eso de los libros electrónicos, con lo bien que nos ha ido en estos últimos 500 años el poder leer y guardar los libros, el poder ir a pasar un rato a las librerías, el poder tocarlos, ojearlos (y hojearlos) y tener que hacer memoria si este o aquel ya lo tengo y ese otro que fulanito me ha recomendado o espero a fin de mes para comprarlo. ¿Os imagináis que la comida se concentrase en una píldora y que toda la recomendación que tuviéramos fuera que la cuadradita de color verde es deliciosa? Y no poder ir a un restaurante y discutir con el maître porque el chuletón estaba demasiado hecho. En fin, el tomar una copa de vino acompañada con una píldora… Solo pensarlo me da un ruidoso estornudo.

Como Enrique no habla de política, yo voy a hacer algún comentario, pero no voy a dar mi opinión y espero no crear polémica, que después de lo del libro electrónico no pararía de estornudar, aclaro que cuando algo me molesta me entra una especie de alergia y no paro de estornudar. En mis años de juventud en España había todo tipo de situaciones no del todo democráticas, hubo dictaduras blandas y duras, muy duras, luego llegó la democracia, que trajo la paz, y sobre todo el progreso. Aquí en Tánger el estrecho de Gibraltar y el viento de levante nos protegían de las guerras y sobre todo estábamos protegidos por acuerdos que hacían las grandes potencias, manteniendo a Tánger libre de todo pecado. Cuando llegó la independencia en Marruecos, Tánger estuvo durante unos pocos años entre ser internacional o pertenecer al reino de Marruecos. Por cierto, el idioma español se está perdiendo a marchas forzadas y es el francés el que ahora predomina como segunda lengua, aunque el Instituto Cervantes haga una buena labor en lo que tenga que hacer.

[Enrique]

Solo digo: amén.

 

 

CAPÍTULO 25

[Esperanza]

Estar triste de vez en cuando, cuando se tienen más de 100 años, debe de ser normal; así que hoy estoy normal, y además me siento algo triste, aunque no voy a enumerar mis tristezas sí quiero hablar de algo que me molesta y es esto: Tánger desaparece. 

Lo digo así para llamar la atención pues es exagerado y no cierto, Tánger no desaparece, pero sí los han hecho, y eso ya es bastante, muchas de sus tiendas, sus edificios y todos sus balnearios… ¿Quién no se acuerda de los almacenes Kent, de Galerías Preciados, de Galerías La fayette, de la tienda de Montero, Eva, del salón de té de Madame Porte, de Wiga y Franco Polish, del Hotel Cecil, de villa Eugenia —nuestra casa—, y sobre todo de la avenida de España. ¿A quién demonios se le ocurrió la atrocidad de cambiar las palmeras por farolas de acero brillante? Las palmeras daban sombra y te hacían poder pasear en pleno agosto, con un sol de justicia; quiero ver al guapetón que lo hace ahora y sobrevive al paseo. Al menos no han eliminado las cuestas ni el Boulevard Pasteur, pero la preciosa avenida de España la han convertido en una autopista. 

Sigo exagerando y gritando los cambios que no me gustan, entre otros el cambio del nombre de las calles, entiendo que estamos en Marruecos, pero también estamos en Tánger, y punto. 

[Enrique]
Hoy mi tía abuela está que trina, y todo por cuatro cambios y tropecientas desapariciones de inmuebles, hoteles, villas, balnearios y un sin fin de recuerdos que no son más que recuerdos, pues mientras haya tangerinos y sus familias no se perderá la esencia de nuestra amada ciudad.

Este verano voy a viajar a Tánger a presentar esta novela, Alberto Gómez Font nos informará del cuándo y el dónde. Hace más de 15 años que no viajo a Tánger, y ya la encontré cambiada con respecto a la que recordaba de cuando era niño, aunque todavía estaban los balnearios y sus casetas para cambiarse; el de los Hoteles Asociados, al que iba de niño, estaba exactamente igual, un poco abandonado pero precioso. Naturalmente, paseé por la avenida de España, y sus palmeras me dieron la sombra adecuada para sobrevivir al sol que machacaba todo menos esta avenida. Estuve en Madame Porte; el aspecto de los pasteles era el mismo de mi niñez pero el sabor era diferente, rico pero no igual al que recordaba, tome un té en el café de París, repetí pastel en La Española y me perdí un buen rato por la medina. 

Cuando pasé por delante de Villa Eugenia (ya estaba abandonada), mire al otro lado de la calle, no me atrevía a verla en ese estado, si bien al día siguiente volví, entré y la fotografié, algunas de las fotos las hice con los ojos cerrados y tardé varias semanas en verlas.

CAPÍTULO 26

[Enrique]

Esta semana Esperanza está tomando las aguas y no puede escribirme ni llamarme, así que hoy voy a aprovechar que estoy yo solo para contar un poco lo mucho que he vivido; casi 70 años, y una niñez de esos mismos años; me explico: solo en los últimos segundos de tu vida te das cuenta de que ya no eres un niño, y cuando lo eres disfrutas de la vida, de tus amigos y de parte de tu familia. Como no me quiero liar ni entrar en un bosque lleno de espinas, me paro aquí y solo digo que quien no se siente niño es porque le quedan segundos de vida.

Mis primeros recuerdos son de cuando, en 1956, llegué a Madrid desde Palma de Mallorca, y luego, en agosto, a Tánger. Aquellos fueron mis primeros viajes en avión, y desde entonces me da pánico solo el pensar que tengo que subirme a esa máquina infernal que me llena los oídos de ruidos y los ojos de vértigo; sí he dicho los ojos de vértigo, que son los que transmiten al cerebro lo lejos que estamos de la tierra. Mi padre se fue a por tabaco y nunca volvió, por lo que mi madre tuvo que repartir a sus cinco hijos, yo tuve la suerte de ser encomendado a la familia Chappory, ya que la hermana de mi madre estaba casada con Manuel Chappory, de forma que, hasta los 13 años, con ellos me crie, viví y fui más que feliz.

En la casa de Madrid había dos doncellas, una cocinera y, naturalmente, una nani que nos vestía, bañaba y nos daba algún que otro cachete. Si hoy en día criásemos a nuestros hijos así no serían felices, pero en aquel tiempo la felicidad provenía por tener servicio y comida, regalos y sobre todo viajes en las vacaciones a Tánger.

Mis primeros guateques, mis primeros «chick to chick», mis primeros cigarrillos detrás de la higuera en el jardín de Villa Eugenia… ¿Quién no recuerda su primer beso y su primer rechazo, y el primer desamor? En fin, todo lo que conllevan esos años y que para todos los que tuvimos la suerte de vivir en Tánger formó lo que somos hoy, para bien o para bien.

Me acuerdo del día que me ahogué; bueno, eso creí y sigo creyéndolo: un día, en la playa, una ola me llevó mar adentro (casi un metro) y dejé de respirar; mi tío Luis María Chappory me rescató, pero sigo creyendo que aquel día dejé de existir y un Chappory me devolvió a la vida. Cuántas personas no han sufrido algo igual y creemos que somos la misma persona, pero…

El orden de las cosas sí afecta a nuestras vidas, me explico: resulta que en 1956 conocí a la que treinta años después sería mi esposa; ella tenía cuatro meses y yo cinco años, ella nació en Tánger, y en ese verano sus padres la llevaron a la playa; naturalmente también yo fui a la playa, y estoy absolutamente seguro de que la conocí, ya que al caminar por la orilla ella allí estaba; no nos miramos, o quizás sí. Treinta años después volví a verla en Israel, con sus padres a su lado, y ellos me preguntaron: «¿que tienes que ver con el doctor Marchena?», «¿y con Tánger? Para resumir: a los pocos meses me casé con la tangerina de la playa. En fin, cuando tu destino es y está en casarte con una tangerina, nada lo puede evitar.

Divorciarse en Israel y de la mujer a la que quieres es difícil, los rabinos que te divorcian no tienen ni idea de lo que están haciendo, cumplen con la ley y para ello reciben su dinero. Después de mi divorcio fuimos a comer en Haifa con mi cuñado Haviv (Javier) y su mujer Haviva (Javiera); solo hubo un momento triste cuando mi suegra me llamó por teléfono para preguntarme cómo fue todo, contener las lágrimas no significa no llorar, mi suegra, tangerina, por supuesto, sigue y seguirá siendo mi suegra y madre y naturalmente bisabuela de mis nietos. Los judíos tangerinos me han demostrado muchas cosas, pero sobre todo el valor de la familia; y siempre están a tu lado, para bien y para bien —me gusta repetir las palabras positivas—.

CAPÍTULO 27

[Esperanza]

Leo en el diario de mi hermana, con fecha 2 de marzo de 1952: «Luego vinieron los empleados de Chicote a preparar las cosas…» Era la celebración del nacimiento de su primer nieto varón, vinieron los amigos de la familia de Tánger, quiero decir «desde Tánger», la mayoría en avión: Nino Tomasi, Giovannina Petri, su hija Marigu, Enrique Cueto (desde Jaén), y un larguísimo número de invitados, ya que nos cuenta que eran más de 50.

El bar Chicote sigue abierto después de varios cierres, de sus cócteles no opino, y espero la opinión del barman Alberto Gómez Font. Esos días en Madrid transcurrieron sin grandes novedades, fue al cine varias veces; escribe: «Fuimos a ver en el cine Coliseum “Las minas del rey Salomón”, una película en tecnicolor muy bien hecha». Naturalmente fue de compras a Galerías Preciados, al Sepu y a los Almacenes Eleuterio, y también a comprar algo en Mantequerías Leonesas.

En su diario nunca, jamás, habla del trabajo de sus hijos, ya que en la familia nadie trabajaba; solo se vivía de rentas,

[Enrique]

Los tangerinos no eran muy trabajadores, no mas de medio día, y su fin de semana era largo; no todos se permitían ese lujo, pero era muy normal que se trabajase solo por las mañanas, y ya está; naturalmente hablo en términos generales y quizás no tan generales, yo era un niño y ahora me entero de que, por ejemplo, un gran amigo de la familia, Luis Dotto, trabajaba en un banco, y de hecho se fue a Nueva York con un muy buen puesto en otro banco de allí, creo que el Chemical Bank; fue la última vez que lo vi (1979), y más tarde se retiró en Marbella y me quedé con muchas ganas de volverlo a ver. Da rabia no haber tenido conversaciones más largas y más constantes con muchas de las persona, amigos y familiares que ya han fallecido; al ver las fotos de los álbumes que estamos ordenando, de pronto aparece la de tal o cual persona y, por pereza o por dar prioridad a otras personas no tuvimos esa conversación que ahora echamos de menos.

Cada vez que viajo a Madrid, intento ir a visitar y quedarme a comer con mi tío Luis M. Chappory; ya cumplió 92 años y quiero escucharlo muchos años más, por cierto, su gran amigo era Luis Dotto.

 

CAPÍTULO 28

[Esperanza]

En el año mil novecientos sesenta y tantos, mi hermana escribió el papelito de la compra con la lista de lo que Luis (el gordo) debía traer, en el capítulo 5 puse la foto del documento, (https://www.sefarad.com/fotos ) y hoy quiero comentar los precios de la comida en aquella época, están en francos y para hacer la conversión a pesetas basta con quitar la ultima cifra del precio, es decir: 100 francos eran 10 pesetas.

Dos pollos (de corral) costaban 132 pesetas, o sea, menos de un euro. La mantequilla salada 26 pesetas, ¿quién no se acuerda del sabor de la mantequilla salada? En fin, la comida era barata y de una calidad que hoy ya es muy difícil de encontrar fuera de Marruecos; no estaba envuelta en plástico y se podía leer el periódico de días pasados, ya que servían de envoltorio. Había tiempo para cocinar, todo a fuego lento, de forma que las siestas también lo fuesen.

Prefiero no hablar del pescado, «fresco» es decir poco; una vez cocinado o hecho a la plancha tenía el olor y sabor del mar. La fruta de temporada, nada de traída de Australia o de Latinoamérica; no había congeladores en las casas, y las neveras eran grandes con puertas enormes. La cocina estaba separada del comedor, nada de ese invento americano de tener la cocina, el comedor y la sala en un mismo lugar. El televisor llegó antes que, a España, y como no emitían nada, allí estuvo como mueble decorativo durante algunos años. En las tiendas tenían de todo lo que en España ni siquiera soñaban; bueno, sí que soñaban, y le pedían a algún viajero que venía de Tánger medias de seda, alguna medicina y sobre todo transistores, que así se llamaban las radios que funcionaban con pilas. Mis recuerdos son positivos y sin nostalgia, pero sí con alguna que otra pena de lo perdido, de lo que nunca volverá. Todos los que me leen me entienden y los jóvenes me entenderán.

[Enrique]
Querida Esperanza, te entiendo perfectamente, aunque yo si con nostalgia.

Te mando un abrazo y dos besos.

 

 

CAPÍTULO 29

[Esperanza]

Querido Enrique llevo toda la semana con fiebre, con una gripe que me impide pensar, y no soy capaz de contarte nada que no sea triste, ya que la fiebre nunca viene con pensamientos optimistas y alegres, así que te dejo que escribas sobre tu niñez, que sé que fue muy alegre.

[Enrique]

Comienzo mi relato en el año 1956, invierno crudo y lluvioso en Madrid. Llegué en avión y me llevaron directamente a la casa de Manuel Chappory y Concepción Bisquerra; ella es la hermana de mi madre, que tuvo que repartir a sus cinco hijos porque su marido la abandonó; de hecho, abandonó a sus cinco hijos y se fue tan campante a Venezuela con su jovencísima amante.

Como solo tenía cinco años, mis recuerdos son pocos, pero muy vivos; de mi llegada a Madrid me acuerdo solo de la entrada por la «autopista» de barajas, y no sé por qué pasamos por la plaza de Cibeles para ir al paseo de la Habana, número 44, piso primero, puerta derecha. Sí me acuerdo que desde la ventana del salón se veía el estadio del Real Madrid, pues no había ningún edificio que impidiese el poder verlo ya que en ese año no había más construcciones que nuestra casa. Toda la zona era campo abierto con unas pequeñas granjas con corderos, pero como solamente nos dejaban salir a la parte de atrás, nunca supe cómo eran esas lejanas e inexploradas tierras que hoy son el centro financiero de Madrid. Me acuerdo también de la construcción del paseo de la Castellana, que en aquel entonces se llamaba «avenida del Generalísimo» y que emulaba a las grandes avenidas de Buenos Aires y otras capitales.

Como era pequeño, me refiero a mi estatura, lo veía todo desde abajo hacia arriba; el tranvía que pasaba era altísimo y hacía un verdadero estruendo, y mi juego predilecto era poner una moneda de un céntimo sobre la vía para que el tranvía la pisara, y luego la guardaba totalmente aplastada en una caja con otras muchas de esas monedas que ya no me servían para comprar, es decir, inventé la inflación.

En verano hacía lo mismo en las vías del tren que iba de Tánger a Rabat, justo frente al balneario de los Hoteles Asociados.

Un recuerdo imborrable de esos días en Madrid era el de la persona que al atardecer encendía la llama de las farolas de gas, la luz que había en la calle era muy, muy blanca, y con sombras muy, muy pronunciadas, creo que me daba miedo esa luz, pero no estoy muy seguro.

Nunca olvidaré el ruido que hacía el chuzo del sereno al golpear el suelo, y su grito de «sereeeenooo»; tenía las llaves de todos los portales y daba buena (o mala) información sobre los vecinos a la policía, y naturalmente, en Navidad se le daba el aguinaldo, ya que había que estar de buenas con estos guardianes de la noche y de las llaves.

La inolvidable Petra, nuestra portera, no me acuerdo de haberla visto nunca de pie, siempre sentada y mirando a través de la ventana de la portería… en fin, recuerdos sencillos de una niñez apacible y con un deseo constante de que llegasen las fiestas y las vacaciones para poder ir a Tánger.

 

 

CAPÍTULO 30

[Esperanza]
Hoy voy a «filosofear», palabra que no sé si es correcta, pero mi corrector lingüista y buen amigo Alberto Gómez Font, creo que me la va a permitir, y sé que «vosotros ustedes» me entienden lo que quiero decir.

Empiezo por el principio, Esperanza significa ‘tener o conseguir algo que esperamos pero que nunca lo vamos a tener’, vivimos y sobrevivimos gracias a esta palabreja que, por cierto, es mi nombre, y que si la unimos al título de esta novela no lleva a la desesperanza de nunca volver a Tánger, me refiero al Tánger que vivimos y que guardamos en nuestra memoria como algo real que deseamos que vuelva, en fin, esa es la esperanza que nunca llegará, pero seguimos en nuestros trece.

En mi juventud la esperanza era conseguir nuestro amor nos mirase, con eso nos bastaba, por lo que siempre la esperanza era fácil de alcanzar. Según me hacía mayor, mis deseos no tenían que ver nada con mi futuro ya que sabía que desde los 14 años nadie me veía y que mi andar por la vida cerca de mis amigos y familia era un sin vivir. Hoy, con más de 100 años, me consuelo con saber que muchas personas me leen, y esta lectura les trae los recuerdos que son compartidos por muchos tangerinos y sus familias. Bueno, dejo de «filosofear» y vuelvo a Esperanza, mi nombre, que ya sabemos lo que significa. Estoy pensando en decirle a Enrique que publique estos 30 capítulos en libro de papel, de forma que más adelante se complete esta novela como una trilogía, y que estos primeros 30 capítulos sean el primer libro de tres.

[Enrique]
La facilidad de leer estos cortos capítulos me hace estar de acuerdo con Esperanza, me refiero a mi tía abuela y no a la esperanza que nunca va a llegar.

CAPÍTULO 31

[Esperanza]

Uno de los quehaceres diarios de mi hermana Eugenia era el escribir un par de hojas de su diario; lo hizo durante más de sesenta años, por lo que escribió más de 40 000 páginas, de las que desgraciadamente solo se conservan unas cuantas hojas y unos cuantos cuadernos en casa de Enrique, que me dice que los está ordenando, y en algún capítulo de la novela copia algún párrafo. Curiosamente nunca escribe su opinión o comentario sobre nada ni sobre nadie, solo narra con quién estuvo, quién la visitó, a quién vio en alguna de las tiendas que habitualmente visitaba, la hora en la que se levantaba y cuándo se iba a dormir. 

Hacía sus escritos en tres tipos de papel: en la parte de detrás de los panfletos del frontón Tánger; en el papel del Hotel Cecil, y en cuadernos con o sin argollas. En fin, más de 60 años de datos diarios no muy interesantes, pero ahí están. Le pido a Enrique que ponga tres fotos de los tres tipos de papel que usaba, creo que el papel habla en su propio idioma, su textura, y en la mayoría de los casos su color amarillento, no solo por el paso del tiempo, sino también por lo que ha pasado todos en esos años, nada rojo, nada negro y nada blanco, solo amarillo, que no ofende, y aparenta lo que son años y años de tranquilas palabras que hoy se escribirían en blanco y negro. 
Cuando mi hermana escribía lo hacía para ella, de hecho, el diario estaba guardado en un armario, no bajo llave, pero casi. Cuando dice que su gran amiga —creo que fue su mejor amiga— Giovannina Petri había venido a tomar el té, nos hace pensar en quién era esa amiga que venía casi cada día a visitarla, desde su casa en la cuesta de la playa, no muy lejos de Villa Eugenia. Y nos hace recordar que Giovannina era la madre de Marigu, la suegra del cónsul de España en Tánger Miguel Lojendio. Y nos hace saber que la familia Petri llegó a Tánger a finales del siglo XIX. Y un etcétera de datos que nos vienen a la cabeza con solo ese párrafo en el que nos cuenta quién vino a tomar el té. Cuando escribe que una nueva niña vino a merendar y que era la hija del director del diario España, nos hace pensar en quién era ese señor y en quién era su hijo, y sobre todo nos abre un sin fin de preguntas enlazadas a una simple frase de un diario que no es una biografía sino un relato de cosas que pasaban alrededor de mi hermana. 
Enrique me cuenta y me hace conectar por Internet a Facebook, Instagram, WhatsApp, estoy alucinada por no decir en «shock» cuando me imagino que en aquella época mi hermana hubiese tenido esas herramientas —que a veces las carga el diablo—, por ejemplo, no necesitaría el tener que hacer el papelito de la compra, directamente enviaría un «e-mail» a la tienda de turno en el zoco, para la compra del pescado; un mensaje de WhatsApp a la barca del pescador para pedirle  que hoy traiga pez espada, otro a Madame Porte para encargarle unas medias noches y los pasteles que siempre envía para los domingos. Ahora bien, sin papel nada sería igual, por ejemplo, si esta novela solo se publica en versión digital ¿dónde firmo yo en las presentaciones que haré? 

[Enrique]

Continúo con lo que está contando Esperanza, y sin Internet no podría escribir esta novela, por dos motivos esenciales: sin la ayuda de Alberto Gómez Font y sus correcciones en tiempo casi real por Internet, y sin los ánimos y comentarios que recibo de los lectores que recibo a través de Facebook. Difícil, por no decir imposible, podría ser cada semana sentarme frente al teclado y poner letra a letra lo que Esperanza piensa y me dice y lo que yo pienso y me digo.

 

 

 

CAPÍTULO 32

[Esperanza]
Opino, pero no juzgo; me explico: durante los más de 100 años que llevo en este mundo he visto todo lo que una persona puede ver y sentir, y os anticipo que lo visto oído y hablado es más bien de color negro, aunque en algún momento era de colores vistosos; pero siempre acaban en negro, ya que la vida siempre acaba y deja dolor a tus cercanos. El comportamiento de las personas es siempre desigual, ya que según con el pie que nos levantamos tenemos el día de color de rosa y nos comportamos dando y recibiendo alegrías, pero (siempre hay un pero) de pronto tenemos enfrente al jefe, al marido a la esposa o a quien sea, que nos amarga el desayuno, y peor, a veces todo el día. 

El ser humano es intrínsecamente malo, la educación normalmente corrige ese defecto, pero (siempre hay un pero) no nos olvidemos de los dictadores, asesinos y gente de mal vivir que tienen una exquisita educación. 

Siempre pensamos que los tiempos pasados fueron mejores, que los tomates tenían sabor y los de ahora ni siquiera tienen olor, en fin, todos sabemos a qué me refiero; pero sigo dando mi opinión de que vamos a peores tiempos, peor educación, y sin arreglo posible. Parece que estoy desanimada pero no es cierto, mañana me levantaré con el pie derecho y todo será de color de rosa.

Intento meterme en el cerebro de mi hermana Eugenia para saber lo que pensaba, el porqué de sus acciones, y por qué no daba su opinión sobre nada ni sobre nadie en el diario que cada día escribía. Tengo claro que la muerte de sus dos hermanas por tifus la marcó en su relación con sus hijos, amigos y sobre todo con su día a día en Tánger, ya que el miedo a poder contagiarse de alguien o algo la hacía mantener una limpieza casi enfermiza, de hecho, la lavandería de Villa Eugenia estaba en una caseta al fondo del jardín, que tenía una autoclave para lavar la ropa. 

En algún próximo capítulo hablaré más en profundidad de mi hermana y de cómo Tánger influyó en su carácter y en su comportamiento.

Repito que no juzgo; solo opino…

Le pido a Enrique que ponga alguna foto de algún cuadro de mi gran amor platónico Mariano Bertuchi y la postal que me envió desde Gibraltar en el año 1903 

[Enrique]
Estos días estoy ausente de mis quehaceres, por lo que no escribo, pero sí opino diferente a Esperanza, ya que siempre me levanto con el pie derecho y por la derecha de mi cama.

 

 

CAPÍTULO 33

[Esperanza]
Mi hermana Eugenia hacía cada verano un viaje en barco con su marido Emiliano Marchena y sus hijos, que en aquel entonces tenían alrededor de 12 años. Me intriga el crucero que hicieron a Alemania en agosto de 1939, semanas antes del comienzo de la segunda guerra mundial; también hicieron otros tres en los años 36, 37 y 38, durante la guerra civil española. 

Emiliano escribía un diario en unos cuadernillos de los que Enrique tiene copia y le pido que reproduzca algún párrafo al final de este capítulo. El diario está escrito por Emiliano; pero los redacta de forma que parece que son sus hijos los que lo escriben en primera persona; de hecho, lo titula «Diario de unos niños viajeros». Los comentarios son los propios de viajeros adinerados, como por ejemplo: les molesta que cuando comen en la cabina el camarero no les traiga mantel. Y, naturalmente, ven los países y sus gentes desde la lejanía de su Tánger. Normalmente viajaban los cuatro, pero en una ocasión me acuerdo (y así está escrito en el diario) que iban con la familia Abensur.
En fin; en aquella época solo viajaban por placer los ricos, los demás eran viajantes sin

[Enrique]
Tu último párrafo me hace cambiar lo que pensaba escribir, por lo que escribo lo siguiente.
Abro los ojos y me encuentro que no he dormido, solo he tenido algún sueño, pero despierto, me explico: nuestros deseos se mezclan con el conseguir lo imposible, nuestros sueños son difícilmente alcanzables por la sencilla razón de que los tenemos tumbados en la cama y en ese cómodo sitio poco o nada podemos hacer. Los sueños han de ser colectivos, ya sea con tu familia o personas allegadas, ya sea por el trabajo o la amistad. 

En mi vida he realizado más de 35 proyectos, pero ninguno era fruto de un sueño ni de un deseo; todos, absolutamente todos, han sido fruto (me gusta esta palabra) de la casualidad, a acepción de escribir este libro que sí tiene algo de sueño; pero la casualidad de conocer a Alberto Gómez Font ha hecho posible que ponga letras, palabras y frases en forma de novela. 

Dicho esto, me voy a cenar, y luego a leer un «best seller» que me evita tener que contar ovejas, pues el sueño viene en cuestión de minutos.

CAPÍTULO 34

[Esperanza]
Como sabéis, solo puedo ver el pasado y estar en él; es decir, desde 1905 al 2019 algo o alguien me lo impide, ahora bien, es, ese alguien me dice que en este último capítulo me da permiso para estar un rato en el futuro; pero no un futuro muy lejano: solo hasta el año 2045. Y le cuento a Enrique qué veo, y os lo cuento.

Le pido a Enrique que incluya alguna foto, de forma que podamos ver que el futuro no lejano es el pasado, pero de alguna forma actualizado. Me explico: lo que veo y donde estoy es un escenario de dentro de más de 20 años, pero (no me gusta mucho esta palabra) se repite el pasado con personas de hace muchos, muchos años, y en lugares que todos recordamos. Dicho esto, comienzo.

Estoy en el salón principal del hotel Cecil, veo la avenida de España con unas palmeras recién plantadas, traídas desde Denia; son pequeñas, pero preciosas, y sé que dentro de algunos años darán una fabulosa sombra a los maravillosos días de verano. Mi cuñado Emiliano Marchena está dando las ordenes de dónde poner unos cuadros de Mariano Bertuchi; a él no le gusta nada como pinta, y menos cómo es, pero se trata de un protegido de su mujer, Eugenia Chappory, y nada puede objetar.

Están de nuevo construyendo los balnearios que derribaron en el 2016, y mi hermana colabora en la reconstrucción del balneario de los Hoteles Asociados, al final de la playa, uno de los que destruyeron y arrasaron en aquella locura de algún arquitecto urbanista iconoclasta al que le dio por convertir el bulevar de la avenida de España en una ruidosa y peligrosa autopista; pero hoy la avenida de España renace como el Ave Fénix y está radiante.

Me acerco a la calle Mohamed V y veo que Villa Eugenia está donde siempre estuvo, sus jardines espléndidos y llenos de la luz que solo Tánger tiene, gracias a estar entre un mar y un océano. Allí, entre los árboles, me parece ver a una pareja besándose y acariciándose, tendidos sobre el césped, y supongo que se trata de Beltrán Llauradó, el nuevo propietario de la casa, y alguna de sus amantes ocasionales.
Ver de nuevo los almacenes Kent, en el bulevar Pasteur, llenos de gente comprando o simplemente paseando. Entrar en la farmacia en la que los nietos de mi hermana Eugenia se pesaban a principio y al final del verano para comprobar que habían engordado.  Camino al Zoco Chico entro en el Café Fuentes, recién reinaugurado por Alfonso Fuentes, nieto del fundador del hotel del mismo nombre, y sobrino de gran pintor tangerino Antonio Fuentes, con cuya obra acaba de abrir un pequeño museo en ese mismo espacio.

Allí, en la terraza, Alfonso me presenta a los amigos que ocupan la mesa de al lado: Farid Othman-Bentría Ramos, Rocío Rojas Marcos, Santiago de Luca, Marta Rebón, Javier Valenzuela, Mohamed Mrabet y Alberto Gómez Font, un grupo de escritores de que hacen llamar “Los conjurados de Tánger”, y también está con ellos Moni Chávarri, una glamurosa exmodelo colombiana afincada en Tánger. Ella me cuenta, con sonrisa cómplice, que todos hicieron un pacto con los “yennún” para renacer cada vez que la ciudad renaciera.

En este año 2039 Tánger apenas tiene 75.000 habitantes, y todos se conocen, como en los años 40; ahora, de la misma forma que en aquella época Tánger, vuelve a ser internacional, con sus espías, sus casas de cambio, sus oficinas de correos de varios

países, y las locuras nacionalistas que no llegan a afectarla, ya que las nacionalidades de los tangerinos los convierten en eso: en Tangerinos, con mayúscula. Los ingleses, italianos, franceses, españoles y un gran etcétera no existen como tales ya que son solo tangerinos, es decir, en solo 20 años, se ha vuelto a los maravillosos años 40. Y aunque se diga eso de que «quien no conoce su historia está obligado a repetirla» y Tánger sí conozca bien su pasado, ha tomado la sabia decisión de repetirlo y, por qué no, de mejorarlo.

Difícil no hablar de todos, absolutamente todos los tangerinos por lo que le pido a Enrique que ponga la guía telefónica del año 1953, faltan algunos, pero están todos los que no faltan.

[Enrique]
No quiero terminar esta novela sin hablar de algo de lo que dije varias veces que no hablaría, de fútbol, pues me desdigo y digo que el fútbol fue importante en Tánger, como también lo fueron los toros, y de política sigo sin hablar; pero a buen entendedor …

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Oda a Villa Eugenia

Alberto Gómez Font

En Madrid, verano del 2019

 

Fue en abril de 1987, y aquella visión causó de inmediato una fascinación, un enamoramiento: hubo flechazo. Estaba yo hospedado en el Hotel Marco Polo y subía (le pendiente es notable) por la calle que lo comunica con el bulevar Pasteur, y allí la vi, quieta, muda, triste, con su nombre a la entrada del jardín abandonado, mágico, en letras de cerámica —baldosines—. Villa Eugenia. Pasé por Tánger camino de Fez, para asistir allí a un curso de árabe dialectal marroquí (dáriya)  organizado por la tangerina Cecilia Fernández Suzor, a la sazón directora del Centro Cultural Español de aquella ciudad, y para pronunciar una conferencia, en los actos incluidos de dicho curso, titulada «Ediciones de obras en español para el aprendizaje del árabe dialectal marroquí».

Tardé algunos años en volver a verla, ya a principios de la década de los 90 del siglo XX, y allí seguía, impertérrita, viendo pasar los días, las semanas, los meses y los años; soportando, sola, sin compañía, los veranos, y los inviernos y los otoños, y disfrutando, callada, las primaveras, cuando seguían apareciendo flores en el jardín, se formaban efímeros riachuelos con las lluvias, y volvían los trinos de los pájaros.

Y llegó en día en el que tuve que buscarle una vivienda a Beltrán Llauradó Bofill, tangerino-catalán que iba a ser el protagonista, casi siempre secundario, pero no por ello menos importante, de la segunda parte de los cuentos que escribí y coleccioné con el título de Cócteles tangerinos. De pronto se me ocurrió que Villa Eugenia podía ser el sitio perfecto para instalar al personaje, y que en sus jardines se podrán organizar las fiestas de mis historias, y que en sus habitaciones se podrían hospedar los amigos de Beltrán de paso por Tánger.

El primer cuento en el que apareció Villa Eugenia se tituló Cóctel hamman, y debí de escribirlo allá por 1998. Esta fue su primera aparición:

«[…] Desayunaron en la terraza del café, entretenidos con el ir y venir incesante de los viandantes que iban o volvían de la medina, y desde allí fueron dándose un paseo por el bulevar hasta llegar a la altura del hotel Rembrandt, torcieron a la izquierda y tomaron la calle que baja hacia la playa hasta llegar a Villa Eugenia, una preciosa casa modernista rodeada de un inmenso jardín algo descuidado, pero con el encanto de todos los jardines que fueron bien diseñados y que aún conservan la huella de las primeras manos que los mimaron. Llamaron al timbre y acudió raudo, a pesar de su dificultad para andar, Alí, el viejo jardinero, que parecía llevar allí aún más tiempo que las altas palmeras que jalonaban el sendero desde la verja hasta la casa. En el porche los esperaba Beltrán, el primogénito de los Llauradó, la familia catalana que habitaba Villa Eugenia desde finales de la década de los cuarenta, quien los invitó a sentarse allí mismo y les ofreció su segundo desayuno, esta vez al estilo marroquí: té con hierbabuena, sfench con huevo frito, aceitunas, queso fresco de cabra, smen y pan beldi».

«[…]   Terminaron de desayunar y Beltrán les enseñó el jardín, explicándoles cada rincón y cada planta, hasta llegar a una zona donde había un pequeño huerto circundado por una verja bajita de madera y en el centro un árbol también bajito y  cargado de fruta: un mandarino. Omar tomó la palabra para contarle a su amiga que ese arbolito tenía algo más de seiscientos años, detalle importante teniendo en cuenta que los mandarinos no suelen durar tanto, ni mucho menos, y que lo había plantado allí Ibn Batuta, viajero tangerino del siglo XIV, que trajo las semillas desde la China. Ibn Batuta murió y pasaron muchos años sin que nadie hiciera caso del árbol ni aprovechara sus frutos, hasta que a mediados del siglo XVIII compró ese terreno un italiano con intereses comerciales en Tánger, probó la fruta, se la enseñó a algunos amigos, estos comenzaron a plantar mandarinos en sus jardines y en sus huertos, y algunos decenios después, en el siglo XIX, ya era habitual el consumo de mandarinas, llamadas por entonces naranjas tangerinas,. Pronto llegaron a España y su cultivo se expandió por los demás países mediterráneos, donde siguieron llamando tangerinas a esas frutas jugosas, dulces y aromáticas, que más tarde recibirían en español y en otras lenguas el nombre de mandarinas por su origen chino y por el color parecido al de la seda con la que se vestían los mandarines japoneses, país intermedio en el viaje de esas frutas, en barcos portugueses, desde oriente hasta occidente. A Melissa siempre le habían encantado las mandarinas, y estaba fascinada con la historia de cómo llegaron a Tánger, y maravillada con la posibilidad de probar una arrancándola con sus propias manos del árbol que plantó Ibn Batuta... y la arrancó, y la olió un rato, y la peló parsimoniosamente, y se llevó a los labios uno de sus gajos, y lo masticó despacio, disfrutando del jugo fresco, ácido y dulce que inundaba su boca. Mientras tanto Beltrán indicó al jardinero que recogiese un par de docenas, las dispusiese en un cesto y se las obsequiara a su invitada».

Tras esa primera mención de Villa Eugenia, y ya instalado allí Beltrán Llauradó, la casa de la que me había enamorado siguió apareciendo en mis relatos, y uno de ellos, titulado Cóctel alheña, se publicó en una página de internet:

«[…] decidieron hacer una gran fiesta y Beltrán propuso que fuera en Villa Eugenia, su casa de Tánger. Esperaron a la primavera y se reunieron otra vez todos los socios de la cofradía de filibusteros, además de algunos amigos íntimos del anfitrión que estaban enterados del “negocio”».

Y quiso el destino que un antiguo habitante —este real— de la mansión abandonada, en su búsqueda de documentos sobre el hogar de su infancia diese con mi texto. Así fue cómo, hace ya algunos años, un día llegó a mi buzón de correo electrónico un mensaje firmado por el autor de este libro, Enrique Sancho Bisquerra, en Jerusalén, en el que, extrañado ver mencionada su casa, me preguntaba qué relación tenía yo con ella. Se lo conté, me mandó fotos de Villa Eugenia en los años en los que estaba habitada, y otras de la época en la que ya estaba vacía, y me contó que intentó comprarla, pero el precio (el jardín tenía 3000 metros cuadrados) excedía a sus posibilidades.

Pasó tiempo sin que volviéramos a hablar, y en ese lapso ocurrió la catástrofe: derribaron Villa Eugenia y en el terreno del jardín edificaron un enorme —y horrendo— edificio de apartamentos… Se me ocurrió entonces buscar a Enrique para volver a hablar de la casa en la que él vivió y de la que yo me enamoré, y lo encontré, y quedamos para almorzar en una de sus visitas a Madrid. Fue entonces cuando nació este libro: me dijo que tenía ganas de escribir sobre su infancia tangerina y me pidió que lo ayudara. Le sugería que fuera un relato teñido de magia, pues Tánger es mágica, en el que la casa apareciera de vez en cuando, por las noches, y solo pudieran verla algunos elegidos; le gustó la idea, y fue cambiándola hasta decidir que la protagonista, además de Villa Eugenia, sería su tía abuela Esperanza Chappory, fallecida a principios del siglo XX, a la que le daría permiso para aparecer y contar historias de su Tánger. Así surgió la novela que hoy tiene usted en sus manos: Esperanza en Tánger.

Seguimos reuniéndonos en Madrid cada vez que Enrique venía por aquí, y continuamos lanzando ideas para su historia, hasta que por fin se lanzó a escribir y a mí me tocó el papel —muy enriquecedor para mi experiencia como escritor— de revisar sus textos, corregirlos, y modificarlos con algunos añadidos de mi cosecha. Fue una experiencia muy bonita, y ya legada a su final siento cierta tristeza —sé que vosotros dos también, Esperanza y Enrique—, pues me gustaría hacer seguido leyendo y coescribiendo los relatos que semanalmente me mandaba el autor.

Y sepan ustedes que tanto Enrique Sancho Bisquerra como Alberto Gómez Font siguen viendo a Villa Eugenia cada vez que, tras tomar unas cervezas en el bar Number One, bajan, de noche, por la cuesta desde el Hotel Rembrandt hacia el Hotel Marco Polo, y al llegar a la avenida de España vuelven a pasear por el bulevar con palmeras.

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