Capitulo 35

Capítulo 35 (Último)


{Esperanza}
Como sabéis, solo puedo ver el pasado y estar en él; es decir, desde 1905 al 2019 algo o alguien me lo impide, ahora bien es, ese alguien me dice que en este último capítulo me da permiso para estar un rato en el futuro; pero no un futuro muy lejano: solo hasta el año 2045. Y le cuento a Enrique qué veo, y os lo cuento.
Le pido a Enrique que incluya alguna foto, de forma que podamos ver que el futuro no lejano es el pasado, pero de alguna forma actualizado. Me explico: lo que veo y donde estoy es un escenario de dentro de más de 20 años, pero (no me gusta mucho esta palabra) se repite el pasado con personas de hace muchos, muchos años, y en lugares que todos recordamos. Dicho esto, comienzo.
Estoy en el salón principal del hotel Cecil, veo la avenida de España con unas palmeras recién plantadas, traídas desde Denia; son pequeñas, pero preciosas, y sé que dentro de algunos años darán una fabulosa sombra a los maravillosos días de verano. Mi cuñado Emiliano Marchena está dando las ordenes de dónde poner unos cuadros de Mariano Bertuchi; a él no le gusta nada como pinta, y menos cómo es, pero se trata de un protegido de su mujer, Eugenia Chappory, y nada puede objetar.
Están de nuevo construyendo los balnearios que derribaron en el 2016, y mi hermana colabora en la reconstrucción del balneario de los Hoteles Asociados, al final de la playa, uno de los que destruyeron y arrasaron en aquella locura de algún arquitecto urbanista iconoclasta al que le dio por convertir el bulevar de la avenida de España en una ruidosa y peligrosa autopista; pero hoy la avenida de España renace como el Ave Fénix y está radiante.
Me acerco a la calle Mohamed V y veo que Villa Eugenia está donde siempre estuvo, sus jardines espléndidos y llenos de la luz que solo Tánger tiene, gracias a estar entre un mar y un océano. Allí, entre los árboles, me parece ver a una pareja besándose y acariciándose, tendidos sobre el césped, y supongo que se trata de Beltrán Llauradó, el nuevo propietario de la casa, y alguna de sus amantes ocasionales.
Ver de nuevo los almacenes Kent, en el bulevar Pasteur, llenos de gente comprando o simplemente paseando. Entrar en la farmacia en la que los nietos de mi hermana Eugenia se pesaban a principio y al final del verano para comprobar que habían engordado.  Camino al Zoco Chico entro en el Café Fuentes, recién reinaugurado por Alfonso Fuentes, nieto del fundador del hotel del mismo nombre, y sobrino de gran pintor tangerino Antonio Fuentes, con cuya obra acaba de abrir un pequeño museo en ese mismo espacio.
Allí, en la terraza, Alfonso me presenta a los amigos que ocupan la mesa de al lado: Farid Othman-Bentría Ramos, Rocío Rojas Marcos, Santiago de Luca, Marta Rebón, Javier Valenzuela, Mohamed Mrabet y Alberto Gómez Font, un grupo de escritores de que hacen llamar “Los conjurados de Tánger”, y también está con ellos Moni Chávarri, una glamurosa exmodelo colombiana afincada en Tánger. Ella me cuenta, con sonrisa cómplice, que todos hicieron un pacto con los “yennún” para renacer cada vez que la ciudad renaciera.
En este año 2039 Tánger apenas tiene 75.000 habitantes, y todos se conocen, como en los años 40; ahora, de la misma forma que en aquella época Tánger, vuelve a ser internacional, con sus espías, sus casas de cambio, sus oficinas de correos de varios países, y las locuras nacionalistas que no llegan a afectarla, ya que las nacionalidades de los tangerinos los convierten en eso: en Tangerinos, con mayúscula. Los ingleses, italianos, franceses, españoles y un gran etcétera no existen como tales ya que son solo tangerinos, es decir, en solo 20 años, se ha vuelto a los maravillosos años 40. Y aunque se diga eso de que «quien no conoce su historia está obligado a repetirla» y Tánger sí conozca bien su pasado, ha tomado la sabia decisión de repetirlo y, por qué no, de mejorarlo.
Difícil no hablar de todos, absolutamente todos los tangerinos por lo que le pido a Enrique que ponga la guia telefónica del año 1953, faltan algunos pero están todos los que no faltan.
{Enrique}
No quiero terminar esta novela sin hablar de algo de lo que dije varias veces que no hablaría, de fútbol, pues me desdigo y digo que el fútbol fue importante en Tánger, como también lo fueron los toros, y de política sigo sin hablar; pero a buen entendedor …

Hotel Cecil, salón de fumadores
Primeras palmeras
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