Capitulo 34

Capítulo 34
{Esperanza}
Mi hermana Eugenia hacía cada verano un viaje en barco con su marido Emiliano Marchena y sus hijos, que en aquel entonces tenían alrededor de 12 años. Me intriga el crucero que hicieron a Alemania en agosto de 1939, semanas antes del comienzo de la segunda guerra mundial; también hicieron otros tres en los años 36, 37 y 38, durante la guerra civil española. 
Emiliano escribía un diario en unos cuadernillos de los que Enrique tiene copia y le pido que reproduzca algún párrafo al final de este capítulo. El diario está escrito por Emiliano; pero los redacta de forma que parece que son sus hijos los que lo escriben en primera persona; de hecho lo titula «Diario de unos niños viajeros». Los comentarios son los propios de viajeros adinerados, como por ejemplo: les molesta que cuando comen en la cabina el camarero no les traiga mantel. Y, naturalmente, ven los países y sus gentes desde la lejanía de su Tánger. Normalmente viajaban los cuatro, pero en una ocasión me acuerdo (y así está escrito en el diario) que iban con la familia Abensur.
En fin; en aquella época solo viajaban por placer los ricos, los demás eran viajantes sin destino empujados por las guerras y por los que yo llamo «personas del mal».

{Enrique}
Tu último párrafo me hace cambiar lo que pensaba escribir, por lo que escribo lo siguiente.
Abro los ojos y me encuentro que no he dormido, solo he tenido algún sueño, pero despierto, me explico: nuestros deseos se mezclan con el conseguir lo imposible, nuestros sueños son difícilmente alcanzables por la sencilla razón de que los tenemos tumbados en la cama y en ese cómodo sitio poco o nada podemos hacer. Los sueños han de ser colectivos, ya sea con tu familia o personas allegadas, ya sea por el trabajo o la amistad. 
En mi vida he realizado más de 35 proyectos, pero ninguno era fruto de un sueño ni de un deseo; todos, absolutamente todos, han sido fruto (me gusta esta palabra) de la casualidad, a acepción de escribir este libro que sí tiene algo de sueño; pero la casualidad de conocer a Alberto Gómez Font ha hecho posible que ponga letras, palabras y frases en forma de novela. 
Dicho esto, me voy a cenar, y luego a leer un «best seller» que me evita tener que contar ovejas, pues el sueño viene en cuestión de minutos.

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