Capítulo 26

{Enrique}

Esta semana Esperanza está tomando las aguas y no puede escribirme ni llamarme, así que hoy voy a aprovechar que estoy yo solo para contar un poco lo mucho que he vivido; casi 70 años, y una niñez de esos mismos años; me explico: solo en los últimos segundos de tu vida te das cuenta de que ya no eres un niño, y cuando lo eres disfrutas de la vida, de tus amigos y de parte de tu familia. Como no me quiero liar ni entrar en un bosque lleno de espinas, me paro aquí y solo digo que quien no se siente niño es porque le quedan segundos de vida.

Mis primeros recuerdos son de cuando, en 1956, llegué a Madrid desde Palma de Mallorca, y luego, en agosto, a Tánger. Aquellos fueron mis primeros viajes en avión, y desde entonces me da pánico solo el pensar que tengo que subirme a esa máquina infernal que me llena los oídos de ruidos y los ojos de vértigo; sí he dicho los ojos de vértigo, que son los que transmiten al cerebro lo lejos que estamos de la tierra. Mi padre se fue a por tabaco y nunca volvió, por lo que mi madre tuvo que repartir a sus cinco hijos, yo tuve la suerte de ser encomendado a la familia Chappory, ya que la hermana de mi madre estaba casada con Manuel Chappory, de forma que, hasta los 13 años, con ellos me crié, viví y fui más que feliz.

En la casa de Madrid había dos doncellas, una cocinera y, naturalmente, una nani que nos vestía, bañaba y nos daba algún que otro cachete. Si hoy en día criásemos a nuestros hijos así no serían felices, pero en aquel tiempo la felicidad provenía por tener servicio y comida, regalos y sobre todo viajes en las vacaciones a Tánger.

Mis primeros guateques, mis primeros «chick to chick», mis primeros cigarrillos detrás de la higuera en el jardín de Villa Eugenia… ¿Quién no recuerda su primer beso y su primer rechazo, y el primer desamor? En fin, todo lo que conllevan esos años y que para todos los que tuvimos la suerte de vivir en Tánger formó lo que somos hoy, para bien o para bien.

Me acuerdo del día que me ahogué; bueno, eso creí y sigo creyéndolo: un día, en la playa, una ola me llevó mar adentro (casi un metro) y dejé de respirar; mi tío Luis María Chappory me rescató, pero sigo creyendo que aquel día dejé de existir y un Chappory me devolvió a la vida. Cuántas personas no han sufrido algo igual y creemos que somos la misma persona pero…

El orden de las cosas sí afecta a nuestras vidas, me explico: resulta que en 1956 conocí a la que treinta años después sería mi esposa; ella tenia cuatro meses y yo cinco años, ella nació en Tánger, y en ese verano sus padres la llevaron a la playa; naturalmente también yo fui a la playa, y estoy absolutamente seguro de que la conocí, ya que al caminar por la orilla ella allí estaba; no nos miramos, o quizás sí. Treinta años después volví a verla en Israel, con sus padres a su lado, y ellos me preguntaron: «¿que tienes que ver con el doctor Marchena?», «¿y con Tánger? Para resumir: al los pocos meses me casé con la tangerina de la playa. En fin cuando tu destino es y está en casarte con una tangerina, nada lo puede evitar.

Divorciarse en Israel y de la mujer a la que quieres es difícil, los rabinos que te divorcian no tienen ni idea de lo que están haciendo, cumplen con la ley y para ello reciben su dinero. Después de mi divorcio fuimos a comer en Haifa con mi cuñado Haviv (Javier) y su mujer Haviva (Javiera); solo hubo un momento triste cuando mi suegra me llamó por teléfono para preguntarme cómo fue todo, contener las lágrimas no significa no llorar, mi suegra, tangerina, por supuesto, sigue y seguirá siendo mi suegra y madre y naturalmente bisabuela de mis nietos. Los judíos tangerinos me han demostrado muchas cosas pero sobre todo el valor de la familia; y siempre están a tu lado, para bien y para bien —me gusta repetir las palabras positivas—.

Capitulo 26
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