Capitulo 13

[Esperanza]

En estos más de 100 años que llevo por este mundo he visto de todo, bueno… casi de todo, y hoy quiero hablar de mi tema preferido: de cómo ha sido tratada la mujer y de lo que aún falta para que deje de ser tratada como un ser humano inferior; me explico: no solo el maltrato y la humillación infligidos por los hombres, sino el trato cívico y administrativo que todavía hay que cambiar; me refiero a las leyes y, sobretodo, a la educación que recibimos los niños y las niñas, y como todo ya está dicho y repetido hasta la saciedad, me permito hablar de un ejemplo cercano a mi familia y no lejano a estos años del siglo XXI. Recuerdo  cómo mi sobrino nieto Enrique (antes Quique) pudo viajar a Tánger en el año 1956; su padre se había ido a por tabaco y nunca volvió a su casa, de hecho se fue con su amante a Venezuela y dejó a su mujer y a sus cinco hijos. Uno de ellos —Quique— fue recolocado con la familia Chappory pero para viajar a Tánger debía de tener el permiso paterno ya que el materno no era válido, y la solución era que un juez autorizase a Manuel Chappory para que su sobrino pudiese ir a Tánger con él. Así fue, y a partir de ese momento y por resolución judicial Quique formó parte de la familia Chappory y los veranos los pasaba en Villa Eugenia. 


[Enrique]

Me acuerdo de mi primer verano en Villa Eugenia, ya era mayorcito, pues ya tenía cinco años y mi memoria fue desde ese momento embutida por todos los recuerdo de mi niñez, tanto en Villa Eugenia como en el Paseo de la Habana, número 44, de Madrid, donde viví y crecí con los Chappory.  En Villa Eugenia aprendí a leer y escribir, Conchita Rodríguez Marchena (hija del doctor Marchena), tuvo la increíble paciencia de enseñarme, aunque aún hoy adolezco de ciertas inseguridades en la escritura, y por eso acudo a mi buen amigo, corregidor/corrector/auditor de mis escritos, Alberto Gómez Font (periodista, escritor y lingüista). 
En próximos capítulos describiré mi vida mezclada con la de mis dos familias y con la de algún que otro amigo y de algún que otro socio.

Adjunto foto de los jefes de la mafia del té. 
Más que mafia eran importadores de té y otras infusiones, pero los llamo «mafia» por el lazo que tenían entre ellos, que no dejaba que nadie rompiese su monopolio.
El más joven (con gafas) es mi suegro, Elías Levy, el contable, y una de las personas más buenas que he conocido; rectifico: la persona más buena que he conocido, y me place que mis hijos lleven su apellido en el pasaporte.

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