[Esperanza]

Hoy dejo que Enrique cuente alguna de sus vivencias.

[Enrique]

En Tánger vivíamos en una burbuja (años 50 y 60 del siglo pasado); no había Internet y no teníamos ninguna relación con las personas que estaban al otro lado de la burbuja. Íbamos a la playa, algún paseo por el bulevar, pero nada de acercarnos a los lugares a los que hoy nos encanta ir; comprábamos alguna chuchería en Kent y poco más. Bueno, estaban los guateques en donde poníamos en el «pickup» las últimas novedades de música, a ser posible de baile lento para poder bailar «chick to chick». Descubrí a los Beatles, a Silvie Vartan y escuché cantidad de música italiana; me acuerdo que a uno de los guateques vino una niña francesa de la cual no recuerdo su nombre —aunque creo que nunca lo supe—, me acerqué a pedirle que bailara conmigo y me contestó «no merci, je suis très fatigué», por lo que decidí no volver a hablar en francés, aunque lo cierto es que solo lo chapurreaba. Todos nos acordamos de nuestro primer amor, menos yo, que me acuerdo de mis dos primeros amores, naturalmente platónicos pero que hacían que tu estómago vibrase al verlas; sí dos maravillosas niñas, de buena familia pero con hermanos mayores y grandotes. Una de ellas falleció hace años, y de la otra no digo nada pues todavía la veo de vez en cuando. 
Aquella burbuja tenía algún que otro agujero por el que se colaban personas maravillosas, me acuerdo de Hamed el jardinero al que —siendo yo niño— le escondía las herramientas, y no recuerdo que se enfadase nunca, ya que lo tomaba como el jugar al escondite. Volví a verlo en el  2007 , después de mucho tiempo sin verle; lo localicé en la casa que le había regalado la familia Chappory; cuando me vio se echó a llorar y dio gracias a Dios por volver a verme  antes de morir.En fin, la burbuja tenía sus grietas.

Ir al cine era uno de los pasatiempos que más nos gustaba; ver películas que estaban prohibidas o censuradas en España era un aliciente. No me acuerdo de las películas pero si de la entrada de cada cine su escalera y la gran pantalla; bueno, en aquella época todo me parecía grande: el Mauritania, el Alcázar, el Rif, el Roxy. el Goya… 
Los jueves íbamos al salón de té de Madame Porte, y solo me acuerdo de los pasteles y de la coca cola que nos dejaban tomar.

La sensación de caminar por la playa ha sido irrepetible y cada pisada cada paso en la orilla me hace sentirme de nuevo niño. De los olores no pienso hablar ya que cada día los recuerdo, no solo los del jardín, también el del mar, los de cada rincón de la casa, el de la ropa y sobre todo el de las blanquísimas sábanas

Han pasado más de 60 años desde que el avioncito desapareció de mi vida; cuando nos ponían el proyector para ver las diapositivas y cine y aparecía el avioncito que mi tío Luis María Chappory me quitó para la foto me enfurecía (bueno en aquella época lo disimulaba), ya que aquel avioncito desapareció para siempre; algún primito se lo llevó a Gibraltar o, lo más seguro, se fue volando a Dios sabe dónde y no tuvo cuerda para volver. Los recuerdos sin cuerda para volver son como el maldito avioncito y tendremos que ir a Gibraltar a buscarlos. 
 

Hamed y Enrique 1975

Foto en Villa Eugenia en el año 1957

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