Enrique Sancho Bisquerra 

Esperanza en Tánger

Alberto Gómez Font, Periodista, lingüista y corregidor de la novela

Arte final: Ana Sancho Vives

Fotos y videos: Enrique Sancho y Manuel R. Chappory

 ** Los datos de la guía de teléfonos son exclusivamente para consulta, no pudiendo ser utilizados con otros fines

© Enrique Sancho Bisquerra 2019

Edición e impresión por BoD – Books on Demand

Impreso en Alemania

ISBN: 978-8-4132-6036-5

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Prefacio

[Enrique]

En las siguientes líneas explico el motivo del título de la novela «Esperanza en Tánger».

Esperanza Chappory falleció a los 14 años en Tánger (1904); pero todavía está entre nosotros, y habla con su sobrino nieto Enrique. Estoy escribiendo no solo memorias de tangerinos sino también sus opiniones de lo que Esperanza ha visto y sigue viendo en estos más de 100 años de su estancia entre nosotros. La novela se compone de cortos capítulos en donde Esperanza le narra cosas a Enrique y este (autor de la novela) cuenta vivencias de su niñez y su juventud en Tánger (sigo siendo niño a mis casi 70 años). 
Para distinguir quien habla pongo entre corchetes su nombre […]. Esperanza siempre habla en primer lugar y cuenta el principio de cada capítulo, y yo (Enrique) me encargo del final, de forma que a veces hay pequeñas discusiones y contrastes de pareceres.
La familia Chappory era Tangerina (así, con mayúscula) de origen inglés, de gran fortuna y luego venidos a menos, por no decir «a nada». La gran mansión Villa Eugenia, con sus más de 30.000 metros de jardín se ha convertido en tres horripilantes edificios, aunque mantienen la maravillosa vista al estrecho de Gibraltar.

 

[Esperanza]
Enrique gracias por esa introducción, que me hace recordar mis más de 100 años por estos mundos, donde he visto casi todo lo bueno y lo malo del ser humano; el poder comunicarme contigo me hace no solo recordar sino también sentir que estoy aquí, que veo a toda la familia, amigos y amigos de los amigos, una lista interminable, pero sé que no puedo ver el futuro, ni siquiera imaginarlo, pues alguien o algo me lo impide.

Ayer te vi en la casa del hijo de mi hermana Eugenia; ya está viejecito, por lo demás algo normal a sus 92 años cumplidos, y te contó los viajes que hicieron por la Europa de los años treinta, siempre en maravillosos barcos de lujo, por lo que te pido que pongas fotos de alguno de esos barcos y que rebusques en el diario de viaje que mi cuñado Emiliano R. Marchena iba escribiendo, ya que sé que tienes copia de esos cuadernillos.
Me dices que pronto terminarás la novela y que se publicará como un libro tradicional, de papel, y debido a que todos los lectores tienen un teléfono móvil podrán ver los vídeos, fotos y sonidos que el papel no puede dar. No entiendo bien cómo va a funcionar eso que me dices de que a través de un «link» (Qr) se podrán ver todas las imágenes, vídeo y sonido, espero rabiosamente el libro y esa unión con las nuevas tecnologías.

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CAPÍTULO 1

[Esperanza]

Mi nombre es Esperanza Chappory y soy la nieta de Aníbal Rinaldi, fallecido en 1923 a los 94 años; fue el traductor de O'donnell en la guerra de África y trajo por primera vez a Tánger al pintor Mariano Bertuchi, el cual se enamoró de Marruecos y pintó esa luz inigualable de Tánger y Tetuán.

Relato mis encuentros, vivencias y sueños con muchos de los personajes que vivieron e hicieron de Tánger una ciudad de libertad en un mundo de guerras.

[Enrique]

Como escribo en el prólogo, recibo cada semana ya sea por correo o por viva voz, los relatos de mi tía abuela Esperanza, lo escribo en forma de diario y con mucha ficción, pero todos los personajes son reales, me dice no una sino varias veces que su gran amor platónico fue Mariano Bertuchi, no lo pongo en duda, pero no me parece que sea cierto. Cada capítulo es independiente sin hilo conductor y muy corto de forma que la lectura sea cómoda y que no canse.

 
CAPÍTULO 2

[Esperanza]

No puedo ni siquiera pensar en continuar estas cartas sin describir dónde nací, dónde viví mis primeros y únicos años, y en donde me reencuentro cada día, cada semana, con mi amor; con ese amor al que nunca jamás pude tocar, pero al que ahora sí acaricio, y lo toco, y sobre todo lo siento;

Naturalmente hablo de Villa Eugenia.

Los detalles de metros cuadrados y metros edificados son parte de la información para su puesta en venta, algo imposible por lo que más adelante explico.

La entrada es por el sur, es decir por la calle de Marco Polo, aunque actualmente se cambió la entrada por Mohamed V, en la esquina del hotel Rembrandt. Entrar por la puerta de servicio se convirtió en el acceso principal, la cocina y algo así como el vestíbulo; a la izquierda la escalera, al frente el despacho y a la derecha algo impresionante: el comedor-sala de estar, con una radio Phillips que siempre tenía alguna emisora sintonizada.

Quiero leer, de una forma quizás poética, como Enrique describe el jardín, y sobre todo la pérgola, imborrables y permanentes en mi memoria.

[Enrique]

La Pérgola

¿Oyes el olor de las rosas y de los geranios? ¿Escuchas el silencio de las hojas? Si tu respuesta es no, es porque nunca estuviste en la pérgola de Villa Eugenia, cuatro escalones que solo pudimos saltar cuando ya creíamos que éramos muy mayores, un banco de hierro que estaba hecho de hierro, es decir, para ser visto y no para ser sentado, paso obligado para ir al columpio, paso obligado para ir a los eucaliptos y, sobre todo, paso obligado para jugar al escondite. Rosas que no te delataban, hojas que escondían el ruido de tu corazón, entonces el ruido de tu corazón te delataba, hoy es el silencio de tu corazón es el que nos delata. ¿Empiezas a oír el olor de las rosas y los geranios?

[Esperanza]

En los próximos capítulos describiré con detalle la villa y sus jardines. Ahora quiero hacer un pequeño resumen de las personas que he conocido en estos más de cien años, seguro que se me olvidan —quizás intencionadamente— algunos nombres; pero son muchos, muchísimos, los que poco a poco irán apareciendo en mi vida y en las vidas de una Tánger viva y que no quiere ni morir ni cambiar. Me acuerdo del Dr. Sirvent y del Dr. López Arriba, de sus hijos, de sus vecinos, de las familias Inza, Cerdeira, Alcaine, Petri, Garibaldi, Marta Ruspoli, Anselmo Ravella, Ribbi. Beneditti, Messina, Toledano Laredo, Elisa Chimenti,  … y tantos y tantas personas que necesito un libro —este libro— para ir contando mis vivencias.

Capitulo 3

 
[Esperanza]

Año 1957, voy caminando muy despacio hacia el mar, bajo por la Cuesta de la Playa, y cuando digo cuesta no solo me refiero al nombre de la calle; las cuestas en Tánger son montañas que hay que escalar, montañas llenas de interminables escaleras. Por fin llego a la avenida de España, pero no me decido a qué balneario ir, así que los voy recorriendo uno a uno (Miramar, Neptuno, Coco beach, Tres carabelas, Coup de reoulis, Recreativo, Yach club). Entro en el de Los Hoteles asociados, uno de cuyos fundadores fue el hotel Cecil, que pertenecía a mi familia; bueno no me alargo más y cuento lo que vi en la playa y a quien vi.

Abdellah me ofrece una cabina y, naturalmente, un sombrilla que ,literalmente, clava muy cerca de la orilla, el griterío de los niños es ensordecedor pero muy agradable, algunos  metros mar adentro veo la balsa repleta de intrépidos bañistas que se tiran de cabeza desde los dos trampolines; hoy no hace viento de levante y gracias a eso la finísima arena no te molesta en las piernas; los días de levante los granos de arena te hacen un daño parecido al de miles de agujas pinchando tu piel; no descubro nada al decir que la arena, además de finísima, es de un blanco que deslumbra. 

Muy cerca de mi sombrilla está Barbarita, la ahijada de Barbara Hutton a la que conocí cuando vino con su, creo, tercer marido, Cary Grant, que por cierto no me pareció tan atractivo como aparecía en las películas, y lo más raro es que no flirteó conmigo, algo habitual en los maridos de raros matrimonios. Bueno, pensad lo que queráis, pero ni siquiera me dio un pellizco al darme un beso al despedirnos.

Me acerco a la terraza, está llena de mamás, y oigo que una niña de no más de cinco años le dice a una señora que está con otro niño: 

—¿Usted es la mamá de Quique? 

—Sí, bonita. —Le responde.

—Pues dígale que no vaya con otras niñas, porque yo soy su novia. 

Quique, cuando era ya mayor, me contó bastante de su vida, y ahora quiero reescribir un par de esos recuerdos; luego, más adelante, contaré sus innumerables negocios y los proyectos que llevó a cabo en su vida. Me dice que el resumen de su vida es "Dos divorcios, dos hijos, dos nietos, un Mercedes y un Rolex." 

[Enrique]

Recuerdo de forma imborrable, cada día, el olor y la textura del flotador de publicidad de crema Nivea, mi salvación a la hora de pasar desde la orilla a los no más de treinta centímetros de agua; me acuerdo de olas que venían a tragarme y llevarme hasta la balsa, lejana balsa a donde teníamos prohibido ir, a la que solo los mayores, los muy mayores llegaban nadando. Allí había dos trampolines y montones de muchachas y muchachos. Si mi memoria no me falla, solo fui tres veces a la balsa y solo logro acordarme con detalle de dos de ellas: la primera fui nadando a braza, sin mirar lo lejos que la playa estaba, se movía a mi espalda y la veía de reojo a escondidas como desaparecía y volvía a aparecer; volví nadando con los ojos cerrados. La segunda nadé a toda velocidad y solo me detuve casi al llegar al tocar una de las cuerdas que la sujetaban a la arena, metí la cabeza para ver donde estaba el fondo y fue cuando descubrí el infinito; todavía siento el dolor de estómago y la sensación de no ver el final, de ver y descubrir el infinito. La tercera y sucesivas veces fui nadando en sueños, en pesadillas, en donde el despertar me salva del infinito, de mirar abajo, detrás y atrás.

[Esperanza]

Mi día de playa termina, pues debo de volver al año 1923 porque he quedado con Mariano en el Hotel Cecil; ir caminado entre palmeras me hace sentirme fresca aunque el calor aprieta y mucho. Allí esta Mariano en la gran terraza con el caballete preparado para pintarme.

Capitulo 4

 

[Esperanza]

Año 1904. Estoy en la casa, por no llamarla mansión, de mi buen amigo Perdicaris, no hace un buen día ya que lo acaban de secuestrar delante de mí; no hubo violencia si tenemos en cuenta que quitarte la libertad no implicó fuerza bruta, me explico: las personas, bandidos según las autoridades, le trataron con suma delicadeza, de hecho, a mí me pidieron perdón por llevárselo y dejarme allí, plantada con el almuerzo a medio terminar. 

La policía me preguntó si los conocía, pregunta que no tenía sentido pues naturalmente que conocía a Ahmed al-Raisuli, ya que mi familia le tenía alquilada una vivienda en la llamadas «casas de los pobres», en la cual no vivía, pues la utilizaba para dar cobijo a personas necesitadas. La otra gran pregunta de la policía fue si Mariano tenía conocimiento del «secuestro» y que lo localizase, algo que me resultó sumamente fácil, pues estaba en Gibraltar, donde como todos sabemos no es posible esconderse. Naturalmente Mariano no tenía nada que ver con ese bandido. Cuando Ahmed al-Raisuli recibió el rescate, liberó a Perdicaris, y la historia tuvo un curioso final: se hicieron amigos (yo lo llamo «el síndrome de Tánger», muy anterior al famoso «síndrome de Estocolmo»)

Doy un salto hasta el año 1955. Estoy sentada en el salón de té Madame Porte, con el grave problema de tener que elegir entre pedir uno o dos pasteles, ya que el asunto de la bebida era secundario y además ya estaba decidido de antemano; fui a lo fácil y pedí un éclair, y lo pronuncié tan bien que me sentí un poco francesa. En Tánger ser español, francés, italiano o inglés no te identificaba con tu país de origen ya todos éramos TANGERINOS, así, con letras mayúsculas.

Salir de Porte y dar un paseo por el boulevard Pasteur es entrar en el mundo internacional, las tiendas y sus escaparates son increíbles y están siempre abiertas, según la religión del dueño: los viernes las tiendas de los musulmanes cerradas, los sábados las de los hebreos y los domingos las de los cristianos; por lo que ir de tiendas se basaba en el día de la semana. Entro en Kent a comprar no se qué, pues es obligado entrar a mirar y luego salir con algo rico, tipo regaliz, chocolate, galletas. etc. Hay más bancos que en cualquier ciudad de Europa, me refiero a bancos en donde poder cambiar divisas, hacer una transferencia o simplemente tener a buen resguardo tus ahorros. 

Doy la vuelta y me dirijo a Villa Eugenia, naturalmente nadie me ve y naturalmente yo sí los veo, me refiero a mis sobrinos nietos, que acaban de despertarse de la siesta y se preparan para merendar; hoy han traído pasteles y suizos de La Española, quizás me coma alguno, pues esos pasteles son comparables a los de Madame Porte. 

[Enrique]
Titán, inmensa grúa, más grande que los barcos, e inmóvil; no como ellos, que iban y venían; ella siempre a la espera de mi subida al torreón para dejarse ver. Siempre estuvo muy lejos, de hecho, cuando llegaba en el transbordador desde Algeciras la debían de esconder para que no la viese, quizás para que no viese lo vieja que era, lo oxidada que estaba, ellos siempre tan delicados conmigo, cuidando de que no viera la realidad, no fuese a ser que si la descubría me volviese como ellos: reales y oxidados.